El analista cultural Gustavo Prado revela cómo el trabajo en México ocurre fuera del mapa tradicional: en cuartos domésticos, plataformas digitales y oficios que sostienen el país. Trendo, propone leer el desempeño como dato cultural: cuerpos cansados, espacios improvisados y muebles que funcionan porque nacen del oficio, no de la fantasía corporativa. Una mirada incisiva a un sistema laboral que deja marca… y que exige diseñar desde la realidad, no desde el ideal.

Para Gustavo Prado, hablar de trabajo no implica describir tipologías espaciales ni proyectar escenarios futuros. Implica observar cómo se vive el desempeño hoy: dónde ocurre, bajo qué condiciones y qué tensiones culturales se manifiestan ahí. Su aproximación parte del comportamiento.
Prado es fundador y director de Trendo, plataforma de análisis cultural y de consumo con más de dos décadas de trayectoria en América Latina. Desde ahí, su trabajo se ha centrado en leer prácticas sociales antes de que se conviertan en discurso: cómo se usan los objetos, qué espacios se improvisan, qué cuerpos se exigen y cuáles quedan fuera del relato dominante.
“El error más grande es pensar que el trabajo solo ocurre donde fue diseñado para ocurrir. El trabajo se mete donde puede, donde alcanza, donde la gente resuelve”.
Desde esta mirada, el trabajo aparece como un territorio expandido, fragmentado y profundamente desigual. No se concentra en la oficina y se define por el acto de desempeñar una función, generar ingreso o sostener visibilidad. El desempeño es la unidad de análisis.

Cuando Prado habla de trabajo, lo hace viendo más allá de los espacios legitimados como laborales y considera nuevos territorios: cuartos domésticos, espacios híbridos, plataformas digitales, comunidades de nicho. El ecosistema gamer es uno de los ejemplos más claros.
“Si observas a un gamer profesional o semiprofesional, te das cuenta de que ahí hay jornadas larguísimas, presión constante, competencia real y monetización directa. Eso no es ocio. Eso es trabajo, aunque no esté reconocido como tal”.
Lo relevante no es el fenómeno en sí, sino su invisibilización ya que en esos espacios improvisados y piezas de mobiliario como sillas heredadas se produce valor, se genera ingreso y se sostiene una identidad profesional.
Para Prado, estos territorios no son excepciones sino anticipos culturales. Lo que hoy aparece en los márgenes termina normalizándose. “Primero se ve en nichos muy específicos, luego se generaliza”, explica. Por eso insiste en que seguir observando únicamente la oficina implica perder gran parte del mapa real del trabajo contemporáneo.
En estos contextos, el desempeño se sostiene a pesar del entorno. Esa fricción entre exigencia real y soporte precario es una de las claves que Prado lee como síntoma cultural, a decir suyo: “el cuerpo aguanta hasta que no aguanta. Y eso también es información”.

Entre las Tendencias Trendo 2026, el dolor aparece como uno de los ejes culturales más persistentes. El concepto ¡Auch! y la aparición del llamado color moretón funcionan como señales visibles de fricción: algo golpeó, algo dejó huella.
“El moretón no es drama. No es victimismo. Es evidencia. Es el cuerpo diciendo: aquí algo pasó. No tienes que explicarlo, se ve. Lo que estamos viendo es que el cansancio ya no es un evento excepcional. Es un estado. Y cuando algo se vuelve constante, deja marca”.
En el contexto del trabajo, esta lectura adquiere otra densidad. Jornadas extendidas, ingresos ajustados, exigencia permanente y entornos mal resueltos no siempre derivan en crisis visibles, pero sí producen desgaste progresivo, corporal y emocional, que termina filtrándose en la experiencia cotidiana.
“El trabajo hoy no se rompe de golpe. Se va desgastando. Y ese desgaste se ve en los cuerpos, pero también en los espacios, en los objetos, en cómo la gente se sienta, se mueve o aguanta”.
Desde esta perspectiva, el dolor deja de ser un problema individual para convertirse en dato cultural, en una marca de operar siempre al límite.
Trendo documenta que más del 55 % de la población económicamente activa en México trabaja en la informalidad y que el comercio tradicional y los servicios de proximidad concentran una parte sustancial del empleo.
“Si más de la mitad del país trabaja fuera de la formalidad, ¿por qué seguimos diseñando como si todos trabajaran en corporativos globales?”.
Este desfase tiene consecuencias materiales claras: mobiliario pensado para usos ideales, no para condiciones reales. Para Prado, el problema no es la aspiración, sino la negación de la realidad productiva: diseñar desde la fantasía de cómo debería ser el trabajo es una forma de invisibilizar cómo realmente es.

Cuando Prado habla del diseño de mueble mexicano, se aleja de la narrativa ornamental. No le interesa la artesanía como categoría estética, sino el oficio como sistema de conocimiento, repetición y resolución práctica.
“Muchas veces cuando decimos ‘artesanal’ suavizamos el trabajo. Lo volvemos decorativo. Y el oficio no es decorativo: es técnico, es repetición, es saber hacer algo muchas veces bien”.
Desde su lectura, el valor del mueble mexicano está en su capacidad productiva. Los oficios sostienen economías locales, transmiten conocimiento corporal y resuelven problemas concretos de uso, carga y duración: “El oficio es inteligencia aplicada al cuerpo. No es inspiración, es entrenamiento”, explica.
Gran parte del mobiliario que realmente funciona en México no responde a discursos de autor, sino a trayectorias largas de ajuste y prueba.
“Muchas piezas que funcionan muy bien no salieron de una computadora. Salieron de la práctica. De probar, fallar, corregir. Cuando algo se vuelve souvenir, deja de ser herramienta. Y el mueble, antes que nada, es herramienta”.
Desde Trendo, esta lectura se vincula con una tendencia más amplia: la revalorización de sistemas productivos capaces de adaptarse, repararse y evolucionar.
“Un mueble hecho desde el oficio se puede ajustar, modificar, arreglar. Vive con el usuario”.

Para Gustavo Prado, las diferencias generacionales en torno al trabajo no se explican por edad ni por rasgos identitarios, sino por las condiciones materiales en las que cada generación aprendió a desempeñarse. Más que un cambio de valores, observa un cambio de contrato implícito entre las personas y el sistema laboral.
Los millennials, explica, crecieron todavía con la idea de que el trabajo podía ofrecer algo más que ingreso: sentido, proyección, pertenencia. Aunque esa promesa se erosionó con crisis sucesivas, marcó una relación aspiracional con el empleo y con los espacios que lo representaban. La oficina, el escritorio propio, incluso ciertos objetos funcionaban como señales de avance, estabilidad o identidad profesional. Esa narrativa permitió tolerar fricciones: horarios extendidos, espacios incómodos o desgaste físico a cambio de reconocimiento simbólico.
En contraste, Prado identifica en la Generación Z una relación mucho más transaccional con el trabajo. No porque exista apatía, sino porque las condiciones económicas, la precarización y la experiencia temprana de plataformas digitales hicieron evidente que el sistema no garantiza devolución simbólica. El trabajo se entiende como intercambio directo: tiempo por dinero, energía por ingreso. La promesa desaparece y con ella la disposición a justificar el desgaste: “La generación más joven no te pide sentido. Te pide que no le lastimes el cuerpo ni le robes el tiempo”.
Para Gustavo Prado, el trabajo no está entrando en una nueva etapa, sino mostrando con mayor claridad lo que siempre estuvo en tensión. No hay un quiebre espectacular, sino una acumulación de señales: cuerpos cansados, espacios improvisados, objetos que ya no alcanzan. En la conversación insiste en que el error no está en que el trabajo sea más exigente, sino en seguir diseñándolo como si no dejara huella. “Todo lo que importa deja marca”, señala, y en esa marca -física, emocional, material- se vuelve visible lo que el discurso suele esconder. Desde su lectura, el diseño tiene ahí una tarea concreta: no prometer futuros ideales, sino leer con precisión el presente, reconocer dónde duele y ajustar en consecuencia. Porque cuando el desempeño se sostiene solo por resistencia, el sistema sigue funcionando, pero a costa del cuerpo. Y eso, tarde o temprano, se nota.
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