El diseñador Raúl de la Cerda entiende el espacio como un organismo vivo: dinámico, móvil y capaz de adaptarse a comportamientos que cambian cada día. Su enfoque prioriza el uso real, la materia sin filtros y la economía del oficio, construyendo espacios que no buscan permanencia, sino respuesta. Una mirada profunda al diseño que se transforma con la gente.

Hay espacios de trabajo que se conciben como escenarios estables y otros que asumen, desde el inicio, que nada permanecerá igual. En el trabajo de Raúl de la Cerda, esta segunda condición es una decisión de diseño constante.
“Hay días que somos dos personas y hay días que somos treinta”, dice. “Si el espacio solo funciona en una configuración, entonces no funciona”.
Diseñador interdisciplinario formado entre México, París y Madrid, De la Cerda ha construido una trayectoria que se mueve con naturalidad entre objeto, espacio e instalación, siempre desde una atención muy fina a la materia y al comportamiento humano. Su trabajo ha circulado por plataformas clave del diseño contemporáneo -del Salone del Mobile y el Salone Satellite en Milán al London Design Festival, la Dutch Design Week, la Tokyo Biennale y Design Week México-, pero su pensamiento permanece anclado en lo cotidiano y se refleja con especial claridad en su aproximación al espacio entendido como sistema abierto.
En el estudio de De la Cerda no existen lugares asignados ni jerarquías espaciales rígidas. Las mesas se mueven, los usos se superponen y el interior se extiende hacia el exterior sin una frontera marcada. No hay una voluntad de orden permanente, sino una organización que admite ajustes constantes.
“No creemos en espacios fijos”, explica. “Creemos en espacios que pueden acomodar distintas dinámicas sin romperse”.
Esta forma de trabajar parte de una observación directa: el comportamiento humano no es lineal. Diseñar como si lo fuera conduce a espacios que se vuelven obsoletos con rapidez. Por eso, en lugar de anticipar todos los escenarios posibles, el diseño se concentra en establecer condiciones claras que permitan múltiples lecturas.
De la Cerda insiste en que la forma no lidera el proceso: “El diseño empieza antes del dibujo”, afirma. “Empieza entendiendo cómo se mueve la gente, cuánto tiempo pasa en un lugar y qué necesita para trabajar mejor”.
Esa observación antecede cualquier decisión formal ya que el espacio se construye a partir de patrones reales de uso: momentos de concentración, reuniones espontáneas, pausas, circulación constante. El resultado es un espacio que acepta la fricción cotidiana como parte de su funcionamiento.

En esta lectura del uso, el mobiliario organiza el comportamiento tanto como los muros o la distribución.
“El mueble define cómo te sientas, cómo te reúnes y cuánto tiempo te quedas”, señala. “No es decorativo. Es infraestructura”.
Mesas compartidas, superficies móviles y piezas que admiten distintas configuraciones aparecen una y otra vez como respuestas a una realidad concreta: el mobiliario actúa como mediador entre actividades que cambian a lo largo del día.
Esta postura se refuerza en su experiencia colaborando con marcas internacionales y nacionales donde el reto no es solo diseñar un objeto, sino prever su uso intensivo, su desgaste y su permanencia en el tiempo.

La relación con los materiales es otro eje central de su práctica. Madera, piedra y metal aparecen sin disfraces ni acabados innecesarios. Los procesos se asumen.
“La artesanía te obliga a ir más lento”, dice. “Y hoy, ir más lento ya es una decisión”.
Esta elección responde a una lectura crítica de los ritmos de producción contemporáneos. Respetar los tiempos del material y aceptar la imperfección como parte del resultado son decisiones que atraviesan tanto el objeto como el espacio.
Hablar de diseño sin hablar de negocio, para De la Cerda, es evitar una parte fundamental del oficio. La viabilidad económica no es un tema externo al proyecto: condiciona cada decisión.
“El diseño no ocurre en el vacío”, señala. “Hay equipos que pagar, procesos que no se pueden acelerar y materiales que cuestan lo que cuestan”.
Administrar un estudio implica negociar tiempos, costos y expectativas sin desdibujar el sentido del proyecto. Implica también decidir qué encargos aceptar y cuáles no, cómo cotizar sin precarizar el trabajo propio ni el de otros, y cómo sostener procesos artesanales en un mercado que exige velocidad.
“Si no entiendes la dimensión económica del diseño”, afirma, “terminas tomando decisiones que afectan todo: el objeto, el equipo y el usuario”.
Desde esta perspectiva, cuidar el negocio es una condición para sostener una práctica coherente. Permite defender tiempos de producción, trabajar con materiales honestos y establecer relaciones más claras con clientes y colaboradores.

De la Cerda reconoce la contradicción de producir objetos y espacios en un mundo saturado, y asume esa tensión como parte del trabajo.
“No se trata de negar el problema”, dice. “Se trata de ser más consciente de cada decisión. “Estamos creando productos en un mundo que no necesita más productos”, afirma. “Eso no se resuelve con un discurso verde. Se resuelve tomando decisiones más conscientes, aunque sean incómodas”.
En todos los espacios, De la Cerda evita que el diseño fije una narrativa única. Acepta que el uso lo modifique, lo contradiga y lo complete. El proyecto no termina con la entrega: continúa en la ocupación diaria. Diseñar para lo que pasa implica trabajar con esa incertidumbre y construir estructuras capaces de sostenerla.
Crédito material visual: Roxana Vermell, Alejandro Ramírez Orozco, Mariana Achad
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