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Diseñar es un proceso colectivo
© Fotografía: MM Estudio Interior

Diseñar es un proceso colectivo

Un espacio cobra sentido cuando comienza a formar parte de la vida de quienes lo habitan. Marco Martín revela qué hay detrás del interiorismo de hospitalidad y cómo la colaboración, el contexto y la experiencia humana dan forma a cada proyecto.

POR Editorial
17 septiembre de 2026

Diseñar es un proceso colectivo

Marco Martín y la red detrás de cada experiencia

Para Marco Martín, fundador de MM Estudio Interior, un espacio no termina cuando se coloca el último mueble o se enciende la iluminación. Su verdadera vida comienza cuando alguien se sienta, conversa, celebra, se compromete, conoce a la familia de su pareja o, incluso, termina una relación. Los interiores, especialmente aquellos vinculados con la hospitalidad, se convierten en escenarios donde suceden momentos que sus diseñadores nunca podrán anticipar por completo.

“Estos lugares se vuelven escenarios para los eventos importantes de la vida”, explica. “Pasan muchas cosas alrededor de una mesa y se me hace súper interesante poder crear estos ambientes donde esas conversaciones se den, tanto las buenas como las no tan buenas”.

Esta manera de entender el interiorismo permite observar también la estructura menos visible del oficio. Diseñar también implica conducir un proceso colectivo.

El diseño comienza con otras personas

Martín estudió arquitectura y fundó MM Estudio hace quince años. Antes de especializarse en restaurantes y proyectos de hospitalidad, tuvo una etapa de formación dentro de la industria hotelera. Fue ahí donde comprendió que el interiorismo no podía reducirse a una operación decorativa.

“Ahí fue donde realmente conecté con la parte del interiorismo y con lo que representaba: cómo no es solamente decorar, sino que realmente hay una ingeniería detrás y un sistema operativo”, recuerda.

En hoteles y restaurantes, cada decisión visual debe responder también al funcionamiento cotidiano del negocio. La circulación, el mantenimiento, la resistencia del mobiliario, la acústica, la iluminación y los tiempos de servicio forman parte de la misma experiencia. A ello se suma la necesidad de conciliar las expectativas de quienes encargan el proyecto con las necesidades de quienes finalmente lo habitarán.

“Mis clientes realmente no son mis clientes, son los clientes de mis clientes”, señala Martín. “Es mucho más atractivo diseñar para la persona que verdaderamente va a vivir el espacio”. Descubrir a esa persona exige observar. Antes de desarrollar un concepto, Martín visita el sitio, recorre la zona y analiza cómo se comporta su comunidad: cómo se viste, qué consume, cómo se comunica y qué espera del lugar. El diseño surge así de una lectura del contexto. 

Transformar esas observaciones en un espacio construido requiere ponerse de acuerdo con muchas personas: “Una palabra clave es la colaboración. No seríamos nadie si no colaboráramos en una sociedad y en un equipo”, afirma. “Dependemos de especialistas, de constructores, de carpinteros, de artesanos. Hay muchísima gente detrás, tanto de nuestro lado como del lado del cliente”.

Una cadena de decisiones

Actualmente, buena parte de la complejidad de un proyecto se encuentra en la relación entre sus distintas etapas. Martín reconoce que su propia práctica se ha transformado conforme ha asumido la dirección de un estudio.

Esta dimensión también exige una actitud distinta frente a la autoría. Para Martín, colaborar significa reconocer que el conocimiento está distribuido entre muchas personas y que el diseñador debe estar dispuesto a escuchar: “Hay que olvidarse un poco del ego del diseñador y conectar realmente con querer saber más, aprender más y declararte neófito en las cosas que no sabes”.

La Jollita: diseñar desde el contexto

Uno de los proyectos que más aprendizajes recientes ha dejado al estudio es La Jollita, restaurante desarrollado para Grupo Los Arcos en La Jolla en San Diego, California. El encargo implicaba trasladar una propuesta mexicana a Estados Unidos sin recurrir a una representación predecible del país.

“Me encanta poder hacer diseño mexicano en otros países porque no tiene que ser todo el típico cliché del diseño mexicano, sino entender que México es una cuna de talento”, afirma. “Cuando la gente de otras nacionalidades llega y le encanta igual que a nosotros, el lenguaje del diseño se vuelve internacional”.

La libertad creativa concedida por el grupo restaurantero amplió las posibilidades del proyecto, pero también incrementó la responsabilidad del estudio: “Nos dijeron: ‘Sorpréndeme y haz lo que tú quieras’. Y ahí se vuelve una carga súper fuerte, porque tienes mucha chamba por delante”.

Guadalajara como red

La posibilidad de encontrar fabricantes, artesanos y diseñadores especializados forma parte de la relación de Martín con Guadalajara, ciudad en la que nació y ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria.

“Cuando estaba en la universidad, honestamente pensaba que cada quien iba por su lado y veía por sus intereses”, dice. “Sin embargo fui descubriendo que hacemos vínculos, platicamos. Tengo muchos amigos que son muebleros o diseñadores y te dan consejos, te apoyan”. Esa red ayuda a mantener activo al sector incluso frente a cambios económicos, problemas de suministro o transformaciones tecnológicas. 

Volver como usuario

Martín procura regresar a los espacios diseñados por el estudio para observar cómo funcionan una vez que han sido ocupados.

“Cuando regresas y ahora lo vives como usuario, le encuentras cosas que no habías visto cuando lo estabas pensando como diseñador”, explica. “No revisamos tanto si el color está bien pintado o si hubo un error, sino cómo lo sientes y cómo conecta contigo a nivel de experiencia”.

Una silla nunca es solamente una silla

Las herramientas digitales pueden ayudar a anticipar interferencias, integrar información, estimar costos y ordenar calendarios. Pero para Martín, el valor final del diseño continúa vinculado con aquello que no puede medirse completamente: la relación que una persona establece con un espacio y con sus objetos.

“Todo lo demás lo puede hacer la inteligencia artificial, pero la conexión humana creo que es imposible que se sustituya”, afirma.

Esa conexión alcanza incluso a quienes fabrican un objeto sin conocer la vida que tendrá después. “A lo mejor ves el trabajo del productor como hacer una silla y venderla, pero no ves todo el camino que pasa más allá”, reflexiona. “Esa silla se vuelve parte de la vida de las personas. Una silla no es una silla: es un lugar donde van a suceder cosas súper interesantes para la vida de alguien”.

Diseñar es coordinar porque cada experiencia depende de una cadena de decisiones, conocimientos y oficios. Pero también porque el trabajo de todas esas personas termina encontrándose en un instante que ninguna de ellas controla por completo: cuando el espacio deja de ser proyecto y comienza a formar parte de la vida cotidiana.

Crédito material visual: MM Estudio Interior

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