Desde su concepción, LOFA es un taller que apuesta por la singularidad, la experimentación y la honestidad material. Fundado hace tres años por la arquitecta Andrea Mantecón en Guadalajara, este proyecto fusiona la cerámica de alta temperatura con un enfoque de diseño profundamente artesanal, dando lugar a azulejos únicos que habitan tanto espacios residenciales como comerciales con carácter, textura y color.
“Fue una apuesta arriesgada”, admite Mantecón, “porque el mercado separaba los azulejos artesanales, más rústicos y de precio medio, de los azulejos de lujo, que suelen ser productos muy industrializados, especialmente en Italia o España. Nosotros buscamos algo intermedio: un producto lujoso pero artesanal”.
Andrea Mantecón es arquitecta por el Tec de Monterrey. Tras trabajar en despachos de arquitectura en Nueva York y Suiza, descubrió en la cerámica un lenguaje complementario al arquitectónico. “La arquitectura fue mi primera pasión, pero la cerámica me ofreció una escala distinta de diseño, mucho más táctil y cercana”, cuenta. Fue en Suiza donde comenzó a desarrollar la idea de LOFA, inspirada por pequeños talleres europeos que producían cerámica de autor para acabados arquitectónicos.
“Había estudios que trabajaban con técnicas japonesas como el Raku o con cerámica reciclada de lavabos industriales. Eso me abrió el panorama. Me di cuenta de que había un espacio para propuestas distintas, más experimentales y responsables”, recuerda.
Con esa visión, regresó a Guadalajara, ciudad que, según Mantecón, es uno de los mayores productores de cerámica de alta temperatura del país, y comenzó a construir su propio taller. Hoy LOFA cuenta con 26 colaboradores y produce de forma integral: desde la creación de la pasta cerámica y los esmaltes naturales hasta la quema en hornos que alcanzan los 1250 °C.
Los azulejos de LOFA no son piezas decorativas convencionales. Se trata de cerámica de alta temperatura vitrificada, capaz de resistir condiciones exigentes en cocinas, baños, exteriores e interiores. Cada pieza es moldeada a mano y recubierta con esmaltes elaborados en el propio taller, usando óxidos naturales como el hierro o el cromo.
“Los esmaltes de alta temperatura se habían usado principalmente en vajilla o escultura, pero me pareció muy interesante llevarlos al mundo de la arquitectura como un acabado de lujo. Y más aún, hacerlo con procesos artesanales”, explica Andrea. El resultado es una cerámica de altísima calidad, con variaciones cromáticas orgánicas y texturas irrepetibles que se convierten en protagonistas del espacio.
LOFA no sería posible sin su anclaje en el contexto local. “En Guadalajara hay una tradición cerámica muy fuerte, con maestros y escuelas como el CUAAD y proveedores como Cerami Color. Además, encontramos artesanos con mucho conocimiento, lo que permitió un proceso de aprendizaje mutuo”, señala Mantecón.
El taller no terceriza su producción, sino que ha formado un equipo multidisciplinario que va desde diseñadores industriales y arquitectos hasta artesanos de generaciones. “Nuestros primeros colaboradores ya sabían trabajar el barro y la cerámica de alta temperatura. Yo proponía cosas y ellos me daban feedback sobre cómo hacerlo mejor. Fue un diálogo constante”, añade.
Este enfoque ha permitido consolidar un proyecto con valores claros, donde el producto final refleja no solo estética, sino también ética de producción. “Nos interesa que nuestros clientes sepan que están comprando algo que no solo es costoso de producir, sino que también proviene de un equipo sano, bien pagado y motivado”, dice.
LOFA ha trabajado en proyectos de gran visibilidad como el restaurante Yotama en Guadalajara, y un proyecto de cocina diseñado por el despacho tapatío LASÁL: “Ese proyecto quedó increíble. Las diseñadoras permitieron que el azulejo fuera protagonista. Nuestro material, por su variación de color y su textura imperfecta, funciona mejor cuando se le permite ocupar ese rol”, comenta.
Recientemente, LOFA lanzó una colección de murales cerámicos creados en colaboración con siete artistas nacionales e internacionales. “Es un tipo de arte mural replicable, como una especie de papel tapiz cerámico. No es un azulejo ni un cuadro convencional, y eso hace que la curva de aprendizaje del cliente sea más larga. Pero creemos que tiene muchísimo potencial”, explica Mantecón.
La innovación también se manifiesta en sus nuevos modelos: Roma, Oslo, Londres y Estambul, inspirados en textiles y arquitecturas tradicionales. La experimentación constante es, según Andrea, uno de los pilares del estudio: “Siempre estamos desarrollando nuevos esmaltes y formas. La investigación es parte esencial de LOFA”.
Una de las iniciativas más recientes de LOFA es un servicio personalizado en el que el equipo orienta a arquitectos, interioristas y clientes particulares sobre cuál esmalte o formato puede funcionar mejor en su espacio.
“Nos dimos cuenta de que nuestros azulejos tienen tanta personalidad que requieren de una instalación cuidadosa y de una selección adecuada según la luz o el tipo de espacio. Queríamos compartir el conocimiento que habíamos acumulado para ayudar a nuestros clientes a tomar mejores decisiones”, señala Mantecón.
Esta asesoría ha permitido que los proyectos sean cada vez más sólidos desde el punto de vista compositivo. “Muchos clientes agradecen poder tener ese respaldo técnico y estético. No es algo que cobremos, pero sí creemos que marca una diferencia”, añade.
Más allá de la excelencia técnica y estética, LOFA se distingue por una ética empresarial centrada en el bienestar del equipo. “Desde el inicio nos esforzamos por tener un ambiente sano. Ofrecemos salarios justos, seguro social y actividades que fortalecen al grupo, como clases de finanzas, visitas a exposiciones o sesiones de cine”, dice Mantecón.
Este enfoque ha favorecido la retención del talento y ha fortalecido la identidad del taller. “Cuando compras un producto de LOFA, no solo estás comprando cerámica de alta temperatura, estás apoyando un proyecto donde la gente trabaja en condiciones dignas y está profundamente comprometida con lo que hace”, concluye.
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