Alejandra Barba replantea el interiorismo como una práctica que traduce lo invisible: emociones, dinámicas y estructuras de cuidado. En un contexto donde el tiempo femenino sostiene tanto la economía como el espacio, su trabajo conecta industria y vida cotidiana. Una reflexión sobre diseñar desde la experiencia, no solo desde la forma.

La economía del cuidado equivale hoy a cerca del 9% del PIB mundial, alrededor de 11 billones de dólares, pero esa cifra se transforma radicalmente si se incorpora el trabajo no remunerado, desempeñado mayoritariamente por mujeres: entonces podría rozar el 30%. Más de 381 millones de personas trabajan en el sector de cuidados, y aun así la distribución del tiempo continúa siendo profundamente desigual: las mujeres concentran el 76.2% del trabajo no remunerado y destinan, en promedio, 3.2 veces más horas que los hombres a dichas tareas. En México, las mujeres destinan cerca de 40 horas semanales a esta labor.Las cifras describen una estructura: el tiempo femenino sostiene economías visibles e invisibles.
En paralelo, Jalisco disputa el primer lugar nacional en producción de muebles. Más de 3,000 unidades económicas conforman el sector; genera entre 26,000 y 27,000 empleos formales directos y aporta cerca del 8% de las exportaciones nacionales de mobiliario. Se proyecta además un crecimiento de al menos 25% entre 2025 y 2029, impulsado por turismo, hotelería, desarrollo industrial, oficinas y vivienda.
Guadalajara es un nodo productivo y creativo. En ese cruce: el de una economía que depende estructuralmente del tiempo femenino y una industria creativa en expansión, pueden identificarse trayectorias como la de Alejandra Barba.


“El mundo y nuestros entornos están hechos para que la profesión de una mujer se trunque”, afirma con una claridad que no busca dramatizar. “Una profesión puede ser el motor que te sostenga cuando, para crecer profesionalmente, resulte necesario poner en pausa otras áreas de tu vida y, que a pesar de los retos que conlleva, sea el impulso que te permita continuar”.
Su formación fue tempranamente consciente. Diseñadora industrial egresada en 2010 del Tecnológico de Monterrey, antes de iniciar la carrera viajó a París para tomar cursos de arte contemporáneo. Durante sus estudios realizó una pasantía de verano en Londres, en una empresa inglesa de diseño de producto con fuerte especialización en desarrollo médico y tecnológico. Allí entendió el diseño como sistema: objeto, industria, mercadeo y estructura empresarial integrados.
El regreso a México implicó un choque. Las empresas nacionales apenas comenzaban a consolidar áreas de investigación y desarrollo. El diseño como valor estratégico no era prioridad automática. Intentar convencer a grandes corporativos de invertir en desarrollo de producto reveló una brecha entre formación y realidad industrial. La respuesta no fue abandonar el campo, sino localizarlo.

En Guadalajara, el mobiliario ofrecía una plataforma viable. “Entendí que en nuestro ecosistema, aquí en Jalisco, el lugar donde realmente podía desarrollar más creatividad era el mobiliario. Había industrias dispuestas a cambiar”.
La ciudad contaba, y cuenta, con talleres, comunidades artesanas, fábricas abiertas a experimentar. La proximidad entre idea y producción permite iterar, ajustar, probar. Ese entorno fue decisivo en su transición. El interiorismo apareció después como consecuencia estratégica: había que generar proyectos propios que integraran la visión del diseño industrial, centrada en la creación y selección de los objetos en comunión con la arquitectura.
Así nació Maca Estudio, co-fundado junto con Cristina Limón y Mariana Soto. El crecimiento fue orgánico, acelerado, intenso. Ejecutaron múltiples proyectos simultáneamente que fueron posibles gracias al trabajo colaborativo, a la unión de distintas visiones y de las aportaciones de cada integrante. Hoy, en su fase independiente, se dedica a proyectos muy selectivos: “Me encuentro en una fase de reinvención, explorando nuevas formas de colaboración, incorporando tecnologías emergentes y replanteando procesos para construir una nueva plataforma de desarrollo y creatividad.”
Mientras el sector mueblero proyecta crecimiento, ella opta por precisión. El rol del diseño en Guadalajara ocupa una posición estratégica. “Somos la primera línea con el cliente. Decidimos qué se importa y qué se hace aquí”. Siendo Jalisco un estado con miles de unidades económicas vinculadas al mueble, esa decisión activa cadenas productivas reales.
Su postura no es binaria. Importa marcas internacionales cuando existe un valor cultural y técnico que lo justifica, Vitra es un ejemplo del que hace mención como empresa con cultura de diseño sólida, pero rechaza importar cuando la capacidad local puede responder con calidad. Se trata de criterio, no de consigna. Cada especificación es también una toma de posición económica.


La lectura del diseño de Alejandra Barba va más allá de la industria. “Te conviertes en una intérprete de lo invisible”, explica. “Entender la estructura de una empresa, quién decide, qué tensiones existen; o en una casa, leer dinámicas familiares, deseos no verbalizados, necesidades de protección. El interiorismo, en su práctica, es traducción. Como diseñadora te involucras en el proyecto algunos años e imprimes en ellos tus referencias estéticas; los usuarios habitarán el espacio toda la vida. Si no logras una conexión con lo que es significativo para ellos, se vuelve algo que cambia en pocos años. Pero si entiendes la razón emocional, el espacio adquiere permanencia”.
Aquí la economía del cuidado reaparece de otra manera. Si el 26.5% del PIB mexicano, considerando trabajo no remunerado, descansa en labores de cuidado, el espacio doméstico y laboral no es neutro. Es escenario de protección, productividad, descanso, tensión y memoria. “Cambiar un espacio no es algo banal. Es una necesidad humana de protección”. Los objetos pueden contener historia, afecto, identidad.
Diseñar, entonces, no es solo responder a una tendencia formal. Es intervenir en la infraestructura emocional donde se ejerce, y muchas veces se sobrecarga, el cuidado.
En este contexto, la trayectoria de una mujer diseñadora no puede desligarse de la estructura que la rodea. La profesión, para Alejandra, ha sido sostén: “Mi profesión ha sido mi fuerza, mi energía extra”. No como heroicidad, sino como convicción de que el oficio debía ser suficientemente sólido para resistir interrupciones posibles.
Guadalajara ofrece taller, industria, exportación y crecimiento proyectado. La economía global revela desigualdades persistentes en la distribución del tiempo y el cuidado. Entre ambas realidades se construyen carreras que no siempre fueron previstas por el sistema.
La etapa actual de Alejandra es reorganización consciente y estructurarse frente al mundo: elegir escala, elegir ritmo, elegir colaboraciones. En este sentido, rediseñar la industria del interiorismo es comprenderla con todo y la estructura invisible que sostiene el tiempo propio. Implica producir objetos en una ciudad que exporta mobiliario y, al mismo tiempo, reconocer que los espacios que diseñamos son donde se ejerce, muchas veces en silencio, el cuidado que sostiene economías enteras.
No se trata solo de mobiliario, en palabras de Alejandra: “Así como elegimos vivir con personas, también decidimos vivir alrededor de objetos que forman parte de nuestro día a día”. Se trata de cómo habitamos y construimos realidades. Y, en una profesión históricamente atravesada por desigualdades, también de cómo se construyen las trayectorias desde lo colectivo. Ser mujer en este campo implica entender que el crecimiento rara vez es individual: el trabajo colaborativo; particularmente con empresas, colegas y aliadas que también son mujeres, se vuelve una estructura de sostén. Es en esa red donde se comparten oportunidades, se abren espacios y se sostienen procesos. Gracias a ello, no solo crece una práctica, sino que se impulsa el trabajo de todas.

Crédito material visual: Cortesía Alejandra Barba
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