¿Qué hace que una ciudad permanezca en la memoria cuando termina un megaevento? Germán Velasco explora cómo la arquitectura, la hospitalidad y el diseño pueden construir experiencias duraderas en Ciudad de México y Guadalajara más allá del Mundial 2026.

Las ciudades sede de un Mundial suelen narrarse desde la infraestructura: estadios, movilidad, ocupación hotelera, inversión pública. Sin embargo, el legado urbano rara vez depende de esas cifras. Lo que permanece es otra cosa: la forma en que una ciudad logra ser habitada y recordada.
Ciudad de México y Guadalajara llegan al Mundial de 2026 desde condiciones distintas, pero enfrentan una pregunta semejante: ¿cómo recibir visitantes sin convertir la hospitalidad en escenografía? ¿Qué experiencias urbanas sobrevivirán cuando el torneo termine?
Para Germán Velasco, arquitecto e interiorista con más de treinta años de trayectoria, esa conversación no comienza en el estadio, sino en el espacio cotidiano.
"Creo que hoy en día las experiencias son lo que nos llevan a tener el recuerdo de un espacio… que tu espacio sea memorable y que sea un lugar destino."
La frase resume buena parte de su práctica profesional. Las ciudades no sólo reciben visitantes; producen memoria.

Velasco estudió Arquitectura en la Universidad Iberoamericana y después diseño de interiores, una decisión que terminó definiendo el rumbo de su trabajo. Tras colaborar en proyectos como el Mandarín Oriental Riviera Maya y participar como socio en Muro Rojo Arquitectura, hoy dirige Velasco Arquitectos, firma dedicada a hotelería, restaurantes, oficinas, comercio y vivienda.
Más que una especialización tipológica, lo que define su obra es una manera de entender la hospitalidad.
"Ahora ya no estamos a un nivel de que quede bonito. Existen muchos hoteles o espacios que visualmente pueden funcionar. A mí me gusta más decir que hago hoteles de experiencia."
La precisión no es menor. Velasco incluso cuestiona el uso indiscriminado del término hotel boutique.
"Un hotel boutique cumple ciertas cosas: máximo cuarenta habitaciones y una atención muy personalizada, como si estuvieras en una boutique. Por eso me gusta más decir que hago hoteles de experiencia."
La distinción revela un desplazamiento más amplio dentro del diseño contemporáneo: del objeto hacia la vivencia.
Para él, esa transformación no puede desligarse del contexto social.
"Tendencia tiene que ver mucho con un contexto sociopolítico, económico y cultural. No es moda. La moda es pasajera y tendencia es algo que se va a quedar."
Bajo esa lectura aparece uno de los fenómenos urbanos que hoy más le interesan: el co-living. Lejos de verlo como fórmula inmobiliaria, lo entiende como consecuencia de nuevas formas de habitar.
"Estamos hablando de espacios chicos… estudios, una o dos recámaras, pero con amenidades que te permiten convivir: coworking, cocinas compartidas, terrazas. Creo que es algo muy interesante porque es una forma también de hospitalidad que se está expandiendo por la ciudad."
La hospitalidad, entonces, deja de pertenecer exclusivamente al hotel y se desplaza hacia la vivienda contemporánea.

Velasco vivió tres años en Guadalajara durante la pandemia y conserva allí una residencia en la colonia Americana. La experiencia le permitió observar la ciudad desde una cercanía poco frecuente.
"Lo que yo quería era dar mi punto de vista… poner mi granito de arena y decir cómo desde afuera veo Guadalajara."
Lo que encontró fue una ciudad cuya identidad no depende de una imagen fija, sino de un ecosistema creativo consolidado.
"Me encanta porque tiene una cultura impresionante. La arquitectura es espectacular."
La descripción se aparta del repertorio turístico habitual. Más que recurrir a imágenes previsibles, Velasco habla de atmósferas.
"Guadalajara es muy cambiante, sobre todo en el color de los árboles. Cada temporada tienes flores rosas, amarillas, rojas, blancas… tiene mucha más versatilidad."
Ese carácter mutable encuentra un equivalente en su producción de mobiliario y diseño.
"Siento que han encontrado una identidad única en Guadalajara donde encontraron un estilo. No puedo decir que sea minimal, pero es un estilo acogedor."
La observación resulta particularmente significativa en el contexto del Mundial. Guadalajara llegará a 2026 con una infraestructura cultural y material ya consolidada, producto de décadas de industria vinculada al mobiliario.
"Por generaciones han hecho muebles."
Y esa tradición no permanece detenida en la nostalgia. La lectura de Velasco incorpora tanto la producción artesanal como la sofisticación industrial y tecnológica que hoy caracteriza a varias firmas tapatías.
"He ido varias veces a Expo Mueble y te sorprendes la cantidad de empresas que hacen cosas que no te imaginas."
Menciona particularmente a CASE como ejemplo de manufactura mexicana capaz de dialogar con lenguajes internacionales.
"Muchas veces podrías imaginarte que son italianas, pero están muy bien hechas y utilizan otros materiales."
La afirmación conecta con otra de sus convicciones.
"México está en el epicentro del diseño."
No por replicar modelos extranjeros, sino porque la producción contemporánea empieza a valorar aquello que durante años se consideró marginal.
"Creo que ahora se está valorando lo que durante muchos años se ha tratado de lograr… que cada pieza sea única porque es artesanal, no porque la máquina te lo está haciendo."
Aun así, Velasco evita el nacionalismo simplificador.
"No es malo ser nacionalista, pero también tenemos que tener en cuenta que somos globales."
"No tenemos que irnos solamente por un lado… una combinación entre muebles extranjeros y muebles mexicanos da una conversación muy interesante."

Si Guadalajara aparece como un ecosistema material consolidado, Ciudad de México representa otro tipo de tensión: entre hospitalidad, turismo y transformación urbana. Roma, Condesa y Juárez se han convertido en laboratorios involuntarios donde convergen renta temporal, migración internacional y nuevas formas de vivienda. El Mundial intensificará esa presión.
Velasco evita posiciones binarias.
"A mí me parece que la gentrificación siempre ha sucedido."
No plantea el fenómeno como una anomalía reciente, sino como parte de desplazamientos históricos y metropolitanos.
"Antes la gente vivía en el centro… luego las ciudades fueron creciendo."
El componente internacional introduce matices nuevos, especialmente después de la pandemia.
"Se dieron cuenta que en México podían rentar más barato… estos nómadas que pueden trabajar desde cualquier lado."
Su lectura del fenómeno es, en términos generales, abierta.
"Oye, pues qué padre que te digan que les gusta México."
La afirmación puede resultar incómoda dentro de ciertos debates urbanos actuales, pero Velasco la conecta con una idea más amplia sobre circulación cultural.
"¿Por qué tenemos que ser solamente mexicanos aquí?"
Para él, la discusión relevante no consiste en rechazar movilidad o turismo, sino en cómo canalizar esas dinámicas.
"Yo creo que la ciudad más bien va a empezar a volcarse en los edificios abandonados… renovarlos y generar más vivienda, más hospitalidad."
Aquí aparece un punto especialmente sugerente para pensar el legado mundialista. Más que expansión indiscriminada, Velasco imagina procesos de rehabilitación y reutilización del patrimonio construido. La pregunta no es únicamente cuántos visitantes llegarán, sino qué ciudad quedará disponible para quienes ya la habitan.

Si hubiera que localizar un proyecto donde estas ideas se vuelven concretas, sería Hotel Bo, en San Cristóbal de las Casas. Velasco lo recuerda con una mezcla de fascinación y afecto.
"Es un lugar del que me enamoré."
El proyecto nació desde una premisa clara.
"No puede aterrizar un ovni."
La frase resume una postura metodológica precisa: la arquitectura contemporánea no puede comportarse como cuerpo extraño.
"Tiene que ser coherente lo que hagas en un espacio."
En San Cristóbal esa coherencia surgió desde la observación del entorno. Las geometrías hexagonales de sus calles migraron hacia pisos de pasta; la tierra compactada del lugar se integró materialmente; textiles y fibras locales participaron en la definición atmosférica del hotel.
"Todo se ve muy local, pero ahora sí con la mano de un creativo."
Lejos de entender lo local como escenografía, Velasco trabajó con comunidades artesanales y procesos textiles que permitieran ampliar posibilidades sin borrar origen.
"Las locuras nos llevan también a poder decir algo más."
Quince años después, el hotel sigue funcionando.
"Parece nuevo."
Más importante: el proyecto logró permanecer sin sentirse ajeno.
"Que puedan considerarlo propio del mismo lugar, sin que se sienta como un other."
Ahí, quizá, está la diferencia entre tematizar una identidad y construir pertenencia.

Toda ciudad sede enfrenta finalmente la misma pregunta: ¿qué permanece cuando el evento termina?
Velasco responde desde una mezcla de ironía y esperanza.
"Espero que por lo menos un mejor aeropuerto."
La frase provoca risa, pero señala una verdad de la que inevitablemente se ha estado hablando: los megaeventos suelen prometer transformaciones cuyo impacto urbano no siempre coincide con el espectáculo mediático que los rodea.
Lo que interesa en su trabajo es otra temporalidad. No la experiencia efímera, sino la memoria.
"Creo que las experiencias es lo que nos llevan al recuerdo."
Ciudad de México y Guadalajara se preparan para abrirse al mundo en 2026. Pero la conversación más importante no es cómo lucirán durante el torneo, sino qué tan capaces serán de producir espacios que lo sobrevivan.
Cuando las pantallas se desmonten y la ocupación hotelera vuelva a estabilizarse, el verdadero legado no será la infraestructura. Será la ciudad que aprendió, o no, a ser habitada.
Crédito material visual: Germán Velasco Espinos
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