El director Abelardo Arreola de Grupo Requiez, plantea una idea clara: el mobiliario no se evalúa en el showroom, sino en jornadas reales de ocho horas. Su visión une diseño, industria y bienestar para crear piezas que permiten movimiento, alternancia y durabilidad en el contexto laboral mexicano. Un recorrido imprescindible por cómo el mueble puede transformar la forma en que trabajamos cada día.

Abelardo Arreola es director general de Grupo Requiez, empresa mexicana con décadas de experiencia en la fabricación de mobiliario para oficina. Con una trayectoria que cruza industria, mercado y diseño, ha observado durante años qué sucede cuando el mobiliario deja el catálogo y entra en contacto con el uso cotidiano. A ello se suma su papel como coordinador del concurso Dimueble y su participación activa en el ecosistema del mueble en México, lo que le permite leer el ciclo completo: idea, fabricación, uso y desgaste. Desde ahí, su postura es directa: “El mobiliario no se prueba en el showroom, se prueba cuando alguien lo usa ocho o diez horas seguidas”.
Para Arreola, el mobiliario no puede entenderse solo como diseño ni solo como producto industrial. Surge del cruce entre ambos. El diseño interpreta necesidades; la industria las vuelve posibles, repetibles y sostenibles en el tiempo. Separarlos, advierte, genera objetos desconectados de la realidad.
“Muchas veces el diseño se queda en la idea, pero no pasa por la prueba de la industria. Y cuando no pasa por ahí, el mueble no sobrevive al uso real”, señala. Desde su experiencia, el verdadero valor aparece cuando una pieza mantiene su desempeño más allá de la primera impresión.
El mobiliario exitoso no es el que se admira, sino el que permite que el trabajo ocurra sin fricción. “Si el mueble estorba, aunque sea bonito, no sirve. El diseño tiene que desaparecer en el uso”.

En México, insiste Arreola, la mayoría de los trabajos implican turnos prolongados y tareas repetitivas. Diseñar como si el usuario trabajara pocas horas al día supone ignorar una condición estructural.
“Aquí la gente no se sienta un rato y ya. Aquí se queda. El cuerpo aguanta jornadas completas y el mueble tiene que estar a la altura de eso”, explica. Desde su perspectiva, muchos problemas de fatiga y malestar no se originan en el trabajo en sí, sino en entornos mal resueltos.
Por eso cuestiona la idea del mobiliario como objeto fijo: “El cuerpo no es estático. Se mueve, se cansa, cambia de postura. Si el mueble no permite eso, termina siendo un problema más”. Las soluciones eficaces, añade, son aquellas que admiten variación sin perder estabilidad ni resistencia.
“Un buen mueble no obliga al cuerpo a adaptarse a él; se adapta al cuerpo a lo largo del día”.

En este contexto aparece uno de los ejes centrales de su visión: el antisedentarismo como respuesta directa a la forma en que hoy se trabaja. Para Arreola, introducir dinamismo implica evitar que el mobiliario inmovilice y convertirlo en facilitador del desempeño cotidiano.
“El sedentarismo no se combate con discursos, se combate con objetos que no te obliguen a quedarte quieto todo el tiempo”, afirma. Desde su experiencia, soluciones como escritorios de altura regulable, sillas con movimiento activo o estaciones intermedias permiten alternar posturas sin interrumpir el trabajo.
El movimiento, explica, tiene un impacto directo en la atención y el bienestar. “Cuando el cuerpo se puede mover, la mente también responde distinto. No es ergonomía de manual, es sentido común aplicado al diseño”.

Para Arreola, no existe una pieza que funcione igual para todos los cuerpos ni para todas las tareas. Diseñar bajo esa premisa genera exclusión y desgaste.
“No hay una sola manera correcta de sentarse o trabajar. Los cuerpos son distintos y el mobiliario tiene que reconocerlo”, señala. Desde su enfoque, la ergonomía contemporánea consiste en permitir ajustes reales, no en fijar posturas ideales.
Cuando el mueble se adapta al usuario, se genera algo más que confort: se construye pertenencia. “Cuando alguien siente que el espacio considera su cuerpo, también siente que su trabajo importa”. En ese sentido, el mobiliario comunica condiciones laborales incluso antes de que se verbalicen.
Arreola insiste en una idea transversal: el cuerpo debe ser la unidad de medida principal del diseño. Alturas incorrectas, apoyos inexistentes o superficies mal dimensionadas generan señales claras de falla. “El cuerpo siempre da señales”, dice. “Cuando la gente se recarga donde no debería o improvisa apoyos, algo está mal resuelto”.

Arreola vincula todas estas decisiones con una noción clara de responsabilidad. Para él, la sustentabilidad comienza en la durabilidad. Un mueble que se reemplaza constantemente, aunque tenga un discurso ambiental, no cumple su función social.
“No todo lo que funciona en otros países funciona aquí”, sostiene. “El contexto manda”. En México, explica, no es viable —ni económica ni laboralmente— diseñar piezas de corta vida útil. Materiales resistentes, estructuras reparables y procesos industriales sólidos son condiciones básicas en un entorno de uso intensivo y mantenimiento limitado.
Desde esa convicción, su trabajo se enfoca en desarrollar soluciones que respondan a formas de trabajar locales, donde la intensidad, la adaptabilidad y la reparación forman parte del sistema.
A esto se suma el contexto laboral y normativo. Jornadas extensas, cambios en la regulación del tiempo de trabajo y una mayor conciencia sobre el bienestar obligan a repensar el mobiliario como parte activa del sistema laboral. “El mueble no es un accesorio. Es parte de cómo se vive el trabajo todos los días. Cuando alguien termina su jornada con menos cansancio gracias a un buen mueble, ahí el diseño hizo su trabajo”.

El espacio de Expo Oficina, dentro de Expo Mueble Internacional, es más que un escaparate de novedades: funciona como un territorio de contraste entre discurso y uso real. “Expo Oficina es importante porque pone el mueble en contexto. No es solo exhibición, es entender para quién se diseña, cómo se usa y en qué condiciones. Ahí es donde el diseño se vuelve relevante”.
En la mirada de Abelardo Arreola, el mobiliario puede reducir fricción, permitir alternancias y sostener al cuerpo en jornadas que no siempre ofrecen margen de descanso. Diseñar desde ahí implica asumir una responsabilidad concreta: que el trabajo ocurra sin que el desgaste se vuelva inevitable. Cuando eso sucede, el diseño no se impone ni se exhibe; simplemente cumple su función.

Crédito material visual: Cortesía Grupo Requiez
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