El estudio KRIM, con base entre la Ciudad de México y la costa oaxaqueña, propone una forma de diseñar donde la atmósfera se impone a la firma, y la experiencia sensorial está por encima del gesto visual.

En un panorama donde muchos espacios de hospitalidad apuestan por la espectacularidad formal o por una narrativa estética sobrecargada, surgen prácticas que —en lugar de alzar la voz— optan por el silencio, la contención y la escucha. El estudio KRIM, con base entre la Ciudad de México y la costa oaxaqueña, propone una forma de diseñar donde la atmósfera se impone a la firma, y la experiencia sensorial está por encima del gesto visual.
No se trata solo de cómo lucen sus espacios, sino de cómo se sienten al ser habitados. Más que una estética definida, KRIM parece sostener una postura: la de diseñar sin imposición, dejando que el entorno hable primero.
El trabajo de KRIM se construye desde un diálogo entre dos territorios con identidades contrastantes: la densidad urbana de la Ciudad de México y el ritmo expansivo del Pacífico en Puerto Escondido. Esta doble ancla permite al estudio operar con una sensibilidad particular hacia el entorno, respondiendo tanto a la exigencia de la ciudad como a la lentitud del paisaje.
Lejos de imponer una firma reconocible, KRIM se mueve con discreción. Deja que la luz, la materialidad y la vocación del espacio se expresen sin filtro. Esta estrategia se manifiesta en proyectos donde el diseño no busca intervenir con contundencia, sino afinar lo ya existente: el calor del aire, el verdor periférico, la rugosidad de una piedra local. La intención no es narrar un lugar, sino permitir que se despliegue.

Ubicado en la costa del Pacífico mexicano, SUUËL fue desarrollado en colaboración con CAAM (arquitectura) y Vante (interiorismo), bajo la dirección creativa de Tony H. Centurión. El proyecto se aleja de cualquier lectura escenográfica. En lugar de una gran declaración estética, ofrece una coreografía de materiales honestos, sombras suaves y tonos terrosos que envejecen con dignidad.
La experiencia no se centra en un objeto o en una vista, sino en la posibilidad de moverse entre luz y sombra, entre exterior e interior, entre ruido y silencio. El diseño está pensado más para ser vivido que documentado, y en eso radica quizás uno de los aportes clave del estudio: resistirse a reducir la arquitectura a su imagen.
En la Ciudad de México, el restaurante Botánico ofrece otra lectura del trabajo de KRIM. Aquí, el protagonismo lo toma el jardín: un espacio habitado por cactáceas y especies resilientes que establece el ritmo de la experiencia gastronómica. Lejos de la estética “verde” dominante —a menudo más retórica que real— el espacio propone un equilibrio entre lo salvaje y lo íntimo.
El interior acompaña sin imponerse. La atmósfera es cálida, pero contenida. La cocina —a cargo de Alejandra Navarro y Ernesto Hernández—, los sonidos del lugar y las conversaciones de los comensales encuentran ahí un fondo silencioso que no compite. La arquitectura no busca destacar: busca afinar.

La práctica de KRIM sugiere que aún es posible diseñar desde el respeto al entorno, al cuerpo y al uso cotidiano del espacio. En un momento donde el diseño tiende a hablar más de sí mismo que de lo que le rodea, esta ética de la contención resulta no solo refrescante, sino urgente.
Más que buscar estilo, KRIM propone atmósfera. Más que imponer la forma, facilita la experiencia. Y en esa renuncia a la estridencia, reside tal vez su mayor potencia.

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