En San Pedro Tlaquepaque, el maestro ceramista Paco Padilla mantiene vivo un taller donde el barro, la música y la tradición se entrelazan. Su oficio revela siglos de técnicas alfareras heredadas de la región de Tonalá. Un recorrido por la cerámica como memoria, territorio y herencia cultural.

En Tlaquepaque cuyo nombre alude a las lomas de barro sobre las que se asentó el antiguo pueblo el taller de Paco Padilla funciona como una especie de archivo vivo del oficio cerámico.
El espacio está en lo que alguna vez fue el corral de la casa familiar.
“Mis papás llegaron como a fines de los cuarenta a poner este taller”, cuenta. “El lugar que al ratito van a conocer se ha transformado a través de setenta y cinco años.”
Padilla se presenta con naturalidad: alfarero, músico y cantautor de la llamada nueva canción mexicana. Ambas identidades conviven desde hace décadas.
“La cerámica es muy romántica”, dice con una sonrisa. “Pero a veces es difícil hacerla negocio. Tienes que tener muchas cosas controladas: la originalidad, la calidad… y lo más difícil, las ventas. Vender siempre es complicado para los artistas.”
A la par de su trabajo en el barro, Padilla ha desarrollado una carrera musical de más de medio siglo.
“Soy cantautor, nada más canto mis canciones. Tengo ya más de cincuenta años de carrera artística musical.”
En su taller de Tlaquepaque, ambas prácticas se cruzan constantemente: explicar una técnica puede terminar en una canción.

Para Padilla, entender la cerámica implica entender primero el territorio.
“Están en la región más importante, no nada más de Jalisco, de México, sino del mundo, cerámicamente hablando.”
La referencia inmediata es Tonalá, localidad vecina cuya tradición alfarera precede a la llegada de los españoles.
“Cuando llegaron los españoles descubrieron que Tonalá ya trabajaba la cerámica de una manera muy avanzada para la época. Ya tenían técnicas como el bruñido y el canelo.”
A estas se sumaría después una de las decoraciones más reconocibles de la región: el petatillo, un entramado minucioso de líneas que cubre el fondo de las piezas.
“Considero que es una de las decoraciones más hábiles que hay en el mundo.”
La llegada de los españoles transformó también el repertorio técnico.
“Traen los esmaltes y aparece la mayólica. Por eso muchas piezas se llaman talavera: porque los alfareros que enseñaron a los indígenas venían de Talavera de la Reina, en España.”
Las piezas producidas en Tonalá y Tlaquepaque, explica, terminaron viajando mucho más lejos.
“Si ustedes van al museo de Faenza en Italia o al Victoria & Albert en Londres, estas piezas son muy apreciadas por la época en que se hicieron.”

Durante la visita al taller, Padilla enseña a decorar cerámica con uno de los gestos más característicos del oficio local: la gota.
El pincel no se usa como si fuera una pluma.
“No vamos a pintar como un lápiz. El pincel se apunta hacia uno mismo y lo dejamos caer.”
La técnica exige precisión y control.
“Empiezas con la pura punta y luego lo dejas caer. El chiste es que la línea empiece muy delgadita.”
La mano debe apoyarse en la mesa para estabilizar el movimiento.
“Es muy importante el apoyo. Siempre la dirección es de tu cuerpo hacia afuera.”
El gesto parece sencillo hasta que se intenta. La gota se repite una y otra vez hasta formar flores, arabescos y ritmos gráficos.
Padilla observa los intentos con paciencia.
“Pues te está quedando muy bien”, anima. “La cosa es tener control.”
Mientras las piezas se llenan de pequeñas marcas de color, el maestro recuerda también el origen mismo del lugar.
“Tlaquepaque quiere decir lomas de barro. En realidad estamos sobre el barro. Lo han tapado las urbanizaciones, pero sigue ahí.”

En otra mesa del taller se preparan esmaltes.
La explicación cambia de tono: ahora es química.
“El esmalte es básicamente vidrio”, explica. “Mezclas sílice con un alcalino —como sodio o potasio— y eso hace que funda.”
Los colores provienen de minerales.
“El azul es cobalto, el verde es cobre, los negros son manganeso.”
Sin embargo, el horno introduce siempre un margen de incertidumbre.
“Es muy emocionante cuando metes una pieza al horno y sale lo que quieres. Y a veces sale mejor… y a veces sale otra cosa.”
Esa variación es precisamente lo que buscan muchos chefs y restaurantes.
“Ahora los restaurantes quieren piezas muy exclusivas. Con los esmaltes reactivos cada plato sale diferente, porque influyen el fuego, el grosor y la atmósfera del horno.”
En otras palabras: el horno también es autor.

En medio del recorrido, Padilla toma una guitarra y canta una canción compuesta para una exposición sobre la cerámica de Tonalá en Sevilla.
“Día tras día se pasan los siglos
y un pueblo alfarero con una sonrisa
se pasa la vida.”
La letra habla de manos agrietadas que dan forma al barro y de pinceles que iluminan vasijas.
“Manos con grietas que dan forma al barro,
pinceles de gato van iluminando
y llenando de vida a un nuevo cacharro.”
La canción resume lo que el taller representa: una continuidad de generaciones.
El lugar donde hoy se trabajan las piezas era, décadas atrás, el corral de la casa familiar.
“Aquí había animales y gallinas”, recuerda. “Mi papá decidió poner el taller en este lugar.”
Hoy, las mesas están llenas de piezas en diferentes etapas: crudas, sancochadas o ya esmaltadas.
“Todas las piezas se queman dos veces. Primero el sancocho, que es el primer fuego, a mil grados. Ahí adquieren resistencia.”
Después viene la decoración y una segunda cocción.
El proceso es lento, pero precisamente esa lentitud define el oficio.

Padilla sigue trabajando todos los días en Tlaquepaque, donde el barro forma parte de la vida cotidiana desde hace siglos.
Uno de sus hijos también es ceramista y ha desarrollado su propio proyecto.
El taller, entonces, no es solo un espacio de producción.
Es una cadena de transmisión.
Mientras las piezas esperan su turno para entrar al horno, Padilla vuelve a hablar de la región que lo formó.
“Jalisco tiene pueblos maravillosos, playas, montañas… una cultura muy bonita.”
Luego sonríe y vuelve al barro.
Porque en Tlaquepaque, donde la tierra todavía guarda arcilla bajo las calles, el oficio sigue pasando de mano en mano.
Y en el caso de Paco Padilla, también de canción en canción.
Crédito material visual: Afamjal
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