Desde un edificio histórico en la San Rafael, diversas colectivas replantean la ciudad como un paisaje vivo que persiste bajo la urbanización. Entre ríos ocultos, flora nativa y suelos que aún respiran, proponen nuevas formas de leer e intervenir el entorno. Una invitación a redescubrir la ciudad más allá de lo visible.

CASO habita en la colonia San Rafael, uno de los primeros barrios planificados de la Ciudad de México, un edificio porfiriano datado en 1906 y originalmente conocido como Edificio Gregoire de Wollant. Con el paso del tiempo, el edificio ha cumplido distintas funciones -sede de embajada, escuela, vecindad y refugio de artistas- y pertenece a una zona donde se combina arquitectura ecléctica, memoria cultural y procesos de transformación urbana. En el mismo edificio vivieron personajes como Leonora Carrington o Renato Leduc. Hoy, CASO emerge como un espacio contemporáneo que conserva ciertos elementos de su estructura original, como el ladrillo visto y la madera, fusionándolos en un nuevo lenguaje arquitectónico.
Fue en ese marco donde se llevó a cabo una exposición y charla encabezada por Armando Maravilla y Arath Macías, de Nativas de las Calles; Fernanda Aguirre, de Planta DB; y la arquitecta de paisaje Paola López, como parte de Open House CDMX 2026. La premisa curatorial planteó el paisaje no como objeto de diseño, ni como recurso ornamental, sino como condición: una dimensión del territorio que tiene su propia lógica y que muchas veces persiste al margen de la planeación, la función y la rentabilidad.
Ese punto de partida es bueno para comprender, por un lado, el espacio que alberga la charla y, por otro, el proyecto que la articula. Nativas de las Calles, dirigido por Armando Maravilla y coordinado botánicamente por Arath Macías, fue una respuesta a la basura electoral que se genera en México durante las campañas. La propuesta original fue intervenir el espacio público con ilustraciones de plantas nativas del Valle de México. Con el tiempo el proyecto se consolidó como plataforma de difusión sobre flora nativa, conjugando arte, investigación botánica, intervenciones urbanas, recorridos, materiales editoriales y trabajo en redes sociales. En la primera etapa se reunieron 45 ilustraciones originales y se produjeron 600 carteles que fueron colocados en diversos puntos de la ciudad.
Lo que Nativas de las Calles pone sobre la mesa no es sólo un repertorio de especies, sino una forma distinta de leer el entorno urbano. El punto de partida del proyecto es una observación simple: muchas plantas nativas siguen estando presentes en la ciudad, pero a menudo pasan desapercibidas o son tratadas como maleza en el mantenimiento urbano. Esa lógica de visibilidad fue el eje de la conferencia en CASO, donde se conversó sobre los ríos, la vegetación adaptada al entorno urbano y las posibilidades de intervención desde el paisaje.


Armando Maravilla arrancó la sesión con una idea básica para entender la relación agua-ciudad: “Todos los ríos son sistemas dinámicos, no es como que siempre pasan por el mismo lado. El cauce sube, baja, se ramifica… son sistemas vivos”, añadió, para de ahí pasar a hablar de cómo la Ciudad de México ha intentado fijar, contener o borrar esos procesos mediante la infraestructura y la urbanización.
Maravilla ha sostenido que muchas de las inundaciones recurrentes no pueden ser leídas como eventos aislados ni solo como fallas operativas. “¿Por qué siguen inundándose San Ángel, Churubusco o Camarones?”, preguntó para responder enseguida: Vivimos en una cuenca endorreica… eso es algo que no podemos cambiar”. En otras palabras, la ciudad está asentada en una condición geográfica e hidrológica que no se desvaneció con la urbanización. Los ríos, según su planteamiento, siguen operando aunque hoy estén tapados, desviados o reducidos por avenidas, presas y vialidades. “Si trazáramos los ríos de hace cien años, veríamos que todavía se mueven”, dijo.
Arath Macías llevó esa lectura a una crítica del espacio público contemporáneo. “Ni las áreas verdes ni las calles están diseñadas para manejar toda esta cantidad de agua”, señaló. Su intervención vinculó la historia territorial de la cuenca con una representación contemporánea de la ciudad que por décadas priorizó la expansión edificada sobre las condiciones ecológicas del sitio. Ante un cuadro de Juan O’Gorman, Macías hizo una pregunta central: “¿Qué relación hay entre la ciudad y el territorio anterior?”.
En las barrancas y en los cauces degradados que sobreviven en diversos puntos de la capital, la respuesta aparece ya en su exposición. Los ríos se han convertido en drenajes a cielo abierto, dijo, y añadió que los enrejan, los bardean… porque nadie quiere ver eso. Más allá de la crudeza de la imagen, su punto fue claro: la pérdida de vínculo con el territorio inmediato también da cuenta de la degradación física del paisaje. “Si no conoces el río o la barranca que tienes ahí al lado, la gente tira basura ahí”, resumió.
Desde la vegetación, Macías complementó ese argumento con su intervención. Al recorrer distintas zonas de la ciudad –del norte semiseco al oriente salitroso, pasando por el sur boscoso y el antiguo centro lacustre– demostró que el paisaje urbano conserva rastros materiales de sus condiciones previas. “En esos nopales creciendo entre las casas… ahí está la vegetación adaptándose”, explicó. También destacó que “en el centro no hay nada porque era un lago” y que “la vegetación ribereña todavía está ahí… sus raíces siguen absorbiendo agua”. La relevancia de la observación radica en que desplaza la discusión desde el simple deterioro hacia la persistencia: incluso allí donde la ciudad parece haber borrado por completo su base ecológica, siguen funcionando procesos que la urbanización no eliminó del todo.

Fernanda Aguirre, de Planta DB, condujo el tema a estrategias concretas de intervención. Su punto no fue negar la pesadez del hormigón ni idealizar las ruinas del sistema hidráulico, sino señalar márgenes de acción. “No todo lo que hoy es cemento está perdido… hay oportunidades que observar y transformar”, afirmó. A partir de ahí habló de “puntos de acupuntura en la ciudad”, entendidos como intervenciones localizadas capaces de reactivar algunas funciones del suelo urbano. Una de sus formulaciones más útiles fue “dejar que la ciudad respire desde su suelo”, especialmente cuando la vinculó con la necesidad de “impulsar jardines de infiltración, jardines de lluvia”.

Uno de los logros de su intervención fue concretar estas operaciones a escala cotidiana: “Un jardín de lluvia puede estar en tu banqueta afuera”. El comentario evita que el paisaje se reduzca al campo especializado y lo devuelve a la experiencia cotidiana del habitante.
Paola López llevó esa misma idea todavía más lejos desplazando la discusión del especialista al usuario. Propuso “regresar como personas usuarias y no como profesionales de la arquitectura y el paisajismo”. No niega con su intervención el valor del conocimiento disciplinar, pero sí cuestiona la distancia que muchas veces separa la academia de las formas comunes de habitar la ciudad. En ese sentido, dijo “todos somos paisajistas”.
López enfatizó que la relación con la flora y la fauna no se inicia en el proyecto ni en el plano, sino en los actos cotidianos de atención: “Tomamos una hoja y la olemos… hay dinámicas que parecen prehistóricas pero siguen ahí”. Desde este punto de vista el reconocimiento del territorio no es sólo una herramienta de diagnóstico sino una base para producir comunidad y responsabilidad compartida. “Tenemos el poder de cambiar las cosas… pero también la responsabilidad”, señaló, y remató con una idea que condensó buena parte del sentido de la charla: “Todo lo que te acerca a la flora o a la fauna te vincula”.
Y por eso mismo funcionó la conversación en CASO: no se limitó a exponer un repertorio de problemas ambientales ni a ofrecer recetas de diseño. Lo que propuso fue una lectura más afinada de la ciudad, atendiendo a lo que todavía persiste bajo las capas de infraestructura, descuido y crecimiento urbano. En ese sentido el trabajo de estos núcleos creativos resulta especialmente pertinente. Su apuesta no es sólo estética ni pedagógica: consiste en devolverle legibilidad a un paisaje que sigue operando, aunque muchas veces la ciudad prefiera no verlo.
Crédito material visual: CASO
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