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Del aula al paisaje: pensamiento arquitectónico como práctica extendida, Estudio Macías Peredo
© Fotografía: Rafael Palacios

Del aula al paisaje: pensamiento arquitectónico como práctica extendida, Estudio Macías Peredo

La obra de Salvador Macías y Magui Peredo no se entiende sin su vínculo con la docencia. Ambos han sido profesores de proyecto en el ITESO desde hace más de una década. El aula no es una trinchera aislada, sino un espacio de resonancia donde se pone a prueba, se afina y se comparte una forma de mirar el mundo.

POR Editorial
27 agosto de 2025

La obra de Salvador Macías y Magui Peredo no se entiende sin su vínculo con la docencia. Ambos han sido profesores de proyecto en el ITESO desde hace más de una década. El aula no es una trinchera aislada, sino un espacio de resonancia donde se pone a prueba, se afina y se comparte una forma de mirar el mundo. La arquitectura, para ellos, no se enseña desde la consigna, sino desde la experiencia de construir, errar, afinar y volver a empezar.

Esta pedagogía del rigor y la apertura también se refleja en su modo de trabajar. Lejos de los procesos industriales y los lenguajes genéricos, su estudio apuesta por una arquitectura lenta, profundamente anclada en el oficio. Cada detalle se discute, cada decisión se justifica. 

Esa ética del hacer como una forma de estar en el mundo se percibe en sus proyectos más recientes: el Pabellón del Agua en El Tecuán, realizado en colaboración con Manuel Cervantes; Lobby Candela en Tulum, donde la vegetación, el concreto y la luz se entrelazan sin esfuerzo; o El Zoco en San José del Cabo, una reinterpretación sobria y contemporánea del espacio comercial, desde la escala humana.

Construir como acto de memoria

Hay algo casi arqueológico en la forma en que el Estudio Macías Peredo se aproxima al proyecto: un deseo constante de escarbar, de rastrear los gestos de quienes habitaron antes, de comprender la historia sedimentada en el suelo. 

La arquitectura no aparece como un evento aislado, sino como la última capa de una serie de acumulaciones.

Magui Peredo lo ha explorado también desde la investigación. Su trabajo sobre Herbert Bayer y Mathias Goeritz, Nueva Monumentalidad en México, recupera la relación entre arte y arquitectura monumental desde una lectura crítica y sensible, que ilumina sus propias decisiones proyectuales: sobriedad, proporción, atmósfera.

Ambos han exhibido su trabajo en instituciones como el Palacio de Bellas Artes, el Instituto Cultural Cabañas, la Triennale de Milán, el MoMA de San Francisco o el Illinois Institute of Technology en Chicago. No como autores que buscan reflectores, sino como arquitectos que comparten procesos. Esa exposición constante al diálogo internacional no ha diluido su práctica: la ha afilado.

Actualizando la pertenencia

El estudio no trabaja en abstracto. Desde su origen, ha buscado que cada proyecto dialogue con el entorno inmediato y con las comunidades que lo habitan. Lo demuestra el Jardín Casa y Espacio Cultural en Izamal, donde el agua no es solo un recurso formal, sino un elemento ritual. Lo confirma también su participación activa en la Fundación Luis Barragán —Salvador dirige Jardín 17 en la Casa Barragán—, donde el pasado y el presente se tocan en un continuo de pensamiento arquitectónico

Tampoco se trata de imitar la tradición. Sus obras no citan el pasado como ornamento: lo actualizan como sistema. La piedra, el concreto, la madera y el ladrillo son tratados con una reverencia técnica que no excluye la innovación. El resultado: una arquitectura que pertenece al lugar sin encerrarse en él.

Una arquitectura que madura con el tiempo

Las obras de Macías Peredo no se imponen: permanecen. No se explican en una imagen ni se agotan en una visita. Están hechas para leerse con el cuerpo, con el paso de las horas, con el desgaste suave de las estaciones. Su contundencia no nace del gesto grandilocuente, sino de la forma en que una losa filtra la luz, en cómo un muro encuadra el paisaje o en la sombra que deja una celosía sobre la piedra.

No buscan sorprender en la primera impresión, sino abrir una conversación prolongada con quienes las recorren. Una conversación que se extiende, que cambia con la hora del día, que se vuelve más precisa con el tiempo. Hay un ritmo interior en su arquitectura, una especie de afinación pausada donde todo encaja sin apurarse.

Ese ritmo es también una ética. Una manera de no responder con urgencia, sino con pertinencia. De no replicar modelos, sino de descubrir el espacio posible en cada encargo, en cada cliente, en cada sitio.

Crédito material visual: 

Rafael Palacios

César Béjar Studio

 

 

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