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ATELIER ARS: Arquitectura en estado volcánico
© Fotografía:  César Béjar

ATELIER ARS: Arquitectura en estado volcánico

Materia, paisaje y mito se entrelazan en una práctica que convierte el oficio en una forma de reflexión crítica. Dos proyectos icónicos: La Nave y el Centro para la Cultura y las Artes de la Ribera, revelan cómo la arquitectura puede arraigarse en el territorio sin perder complejidad contemporánea.

POR Editorial
15 agosto de 2025

Materia, paisaje y mito se entrelazan en una práctica que convierte el oficio en una forma de reflexión crítica. Dos proyectos icónicos: La Nave y el Centro para la Cultura y las Artes de la Ribera, revelan cómo la arquitectura puede arraigarse en el territorio sin perder complejidad contemporánea.

Oficio, geografía y tiempo lento

Desde su estudio en Guadalajara, Alejandro Guerrero y Andrea Soto llevan más de una década desplegando una arquitectura que no busca destacar por su silueta ni por su inmediatez, sino por su densidad cultural y su afinación tectónica. Su práctica, ATELIER ARS, se construye a partir de una triada conceptual que articula paisaje, historia y ritual, entendidos no como temas decorativos o referencias conceptuales, sino como herramientas de proyecto.

Cada obra suya parte de una investigación crítica sobre las condiciones geológicas, mitológicas y constructivas del sitio. El resultado no son edificios, sino territorios intervenidos con una intensidad medida, donde lo arquitectónico se funde con el relieve, la memoria y los saberes locales. La materia no es soporte: es narrativa. Y el tiempo, más que cronograma, es proceso.

Dos de sus proyectos icónicos condensan esta metodología: La Nave, un complejo industrial para una tequilera en Tepatitlán, y el Centro para la Cultura y las Artes de la Ribera en Ajijic, Jalisco. Ambas construcciones desafían los límites entre arquitectura y paisaje, y demuestran que el oficio, cuando se practica con rigor, puede ser también una forma de crítica.

La Nave

Horizonte cerámico: excavar para habitar el paisaje

Concebido como un complejo industrial para una empresa de tequila, con bodegas, línea de embotellado, laboratorios y oficinas; La Nave se emplaza en la geografía volcánica de Tepatitlán, Jalisco. Desde el inicio, la estrategia proyectual de ATELIER ARS se centró en reducir al mínimo el impacto del edificio sobre el paisaje, y en cambio hacer de éste el punto de partida conceptual. La operación inicial no fue construir, sino excavar: una acción territorial que borra volumen edificado a favor de un “horizonte cerámico”, donde la arquitectura aparece como una secuencia de cubiertas inclinadas revestidas en teja, ancladas en el relieve.

Andrea Soto describe el origen de esta decisión desde su experiencia durante la maestría en Harvard GSD:

“Lo primero que propusimos fue entregar al equipo una serie de ilustraciones que construyeran un imaginario territorial. Queríamos representar cómo entendemos el paisaje mexicano a partir de nuestra cultura, y lo hicimos a través del eje volcánico transmexicano, esa cadena de eminencias que ha moldeado el clima, la vegetación, la fauna... y sobre todo, la forma en que lo percibimos colectivamente, gracias a artistas como Gerardo Murillo ‘Dr. Atl’ y José María Velasco.”

Ese “paisaje de fuego”, como lo denomina Soto, no es solo geológico: es cultural. Es el mismo que posibilitó el crecimiento del agave y la producción del tequila como fermento identitario. En esa lectura, el edificio no busca sobresalir, sino integrarse a una narrativa material más amplia, en la que ladrillo, piedra y técnicas constructivas tradicionales actúan como mediadores entre geografía y cultura.

El sistema constructivo de La Nave recurre a muros de carga de ladrillo y piedra, estructuras metálicas expuestas, bóvedas cerámicas, vidrio artesanal y contrafuertes, proponiendo un lenguaje tectónico que rescata el valor de los saberes locales y los activa como sistema de oficio contemporáneo. Lejos de una nostalgia estilística, el proyecto ensaya una arquitectura híbrida que conecta tradición constructiva, tecnología industrial y responsabilidad social: los materiales provienen del sitio, los oficios del contexto, y el volumen construido respeta la línea del horizonte.

Como sintetiza la arquitecta:

“Nos interesaban también las ruinas prehispánicas, sus plataformas de piedra, los restos de las taonas —esas cavidades con piedra volcánica para triturar las piñas del maguey—, porque todas ellas hablan de un lenguaje ancestral que relaciona el territorio con el trabajo, con la transformación, con el tiempo lento.”

La Nave no monumentaliza la industria. La entierra, la sugiere, la hace respirar a través de cubiertas que dialogan con la inclinación del terreno. La arquitectura no se impone: sedimenta. Es un gesto tectónico y poético a la vez.

Centro para la Cultura y las Artes de la Ribera

Mito, agua y ladrillo: arquitectura para una pedagogía del territorio

Ubicado en la ribera del lago de Chapala, el centro cultural diseñado por ATELIER ARS no parte de una hoja en blanco. Por el contrario, asume con lucidez la complejidad de intervenir sobre lo ya construido: un antiguo auditorio, un edificio administrativo y un terreno marcado por lo topográfico, lo simbólico y lo vegetal. Lejos de desechar lo existente, el proyecto trabaja desde el reaprovechamiento y la continuidad: arquitectura como sedimentación, no como ruptura.

La intervención, solicitada por la Secretaría de Cultura de Jalisco como parte del programa Cultura Cardinal, propone tres momentos clave en una narrativa espacial de base mitológica. Cada uno de estos episodios traduce, a través de formas, materiales y gestos paisajísticos, fragmentos del imaginario Wixárika sobre el origen del lago, el fuego sagrado y la transformación del paisaje. El resultado es una arquitectura pedagógica que no explica, sino que sugiere: el mito se vuelve forma, sombra, temperatura, escala.

El primer gesto consiste en el rescate del pórtico original del auditorio, con sus bóvedas de ladrillo. A partir de esta estructura, el proyecto despliega una serie de edificios y espacios exteriores que conforman un nuevo perímetro: biblioteca, aulas de música y danza, anfiteatro, áreas de exhibición y un conjunto de jardines, espejos de agua y plazas que ordenan el recorrido.

La biblioteca, volumen frontal del conjunto, organiza el acceso desde la avenida y condensa varias de las lógicas proyectuales del estudio. Su sección se resuelve con una cubierta dentada que introduce luz difusa en la sala de lectura y una bóveda de ladrillo que enmarca el ingreso como gesto ceremonial. Los muros de carga en ladrillo, ejecutados por manos locales, reafirman la apuesta por un lenguaje tectónico arraigado en la tradición constructiva de la región.

Uno de los elementos más potentes del conjunto es la alberca frontal, un cuerpo de agua que funciona como metáfora del lago y como primer episodio en la narrativa del lugar. En su centro se insinúa un vórtice acuático, evocación del mito que narra cómo un chamán clavó su bastón en el lecho marino para hacer descender las aguas y formar el lago de Chapala. Las islas de tule y vegetación local no sólo reafirman la dimensión simbólica, sino que consolidan la operación como sistema ecológico activo.

El segundo momento se desarrolla en el edificio longitudinal que alberga los salones de danza y música, el foro abierto, la cafetería y servicios. El volumen adopta una forma arquetípica, cubierta a dos aguas y secuencia lineal, con una piel cerámica superpuesta que recuerda al tejamanil tradicional. Desde el exterior, el edificio se adapta al desnivel del terreno, mientras que en su interior se articula como una perspectiva profunda que acompaña el movimiento y la luz cenital.

Finalmente, el tercer momento ocurre en el corazón del antiguo pórtico, donde se planta un árbol de amate sobre un promontorio de piedra. Este gesto remite al mito Wixárika del nacimiento del altar sagrado en la Isla de los Alacranes, y condensa con precisión la dimensión espiritual del proyecto: construir arquitectura que convoque al rito, no al espectáculo.

La intervención es híbrida, sí, pero coherente: el uso del ladrillo en bóvedas, muros, celosías y pavimentos funciona como elemento unificador, permitiendo que lo nuevo dialogue con lo existente sin disfrazar ni borrar. 

Como señalaba Richard Sennett en The Craftsman, cuya cita encabeza el proyecto:

“La lentitud del tiempo artesanal permite imaginar, reflexionar y apropiarse del saber. Lo contrario de la prisa es la posibilidad de pensar.”

ATELIER ARS demuestra aquí que lo público puede construirse desde el arraigo, el cuidado y la inteligencia tectónica. Y que el territorio, cuando se escucha, también habla arquitectura.

Crédito material visual: César Béjar

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