Carlos H. Fernández concibe cada pieza como una arquitectura en miniatura, donde la precisión y el rigor tectónico definen su lenguaje. Desde su paso por el taller de Frida Escobedo hasta proyectos en Design House y su galería Penumbra, su práctica expande límites entre objeto, espacio e interiorismo. Una mirada a cómo un estudio mexicano transforma escalas, reutiliza sistemas y dialoga con distintas culturas espaciales.
En el estudio de Carlos H. Fernández, Studio H.Fernández, las piezas se piensan como arquitecturas en reducción: estructuras que parten del orden tectónico y que, en lugar de perder densidad al hacerse pequeñas, la concentran. Entre esas fuerzas, Fernández ha construido un vocabulario sólido, preciso y profundamente propio.
“Yo siempre he sentido que diseñamos mobiliario como si fuera arquitectura”, dice. “Columnas, dinteles, cómo se carga un volumen, cómo se posa una pieza en el piso… todo viene de ahí. Son arquitecturas chiquitas”.

Un proyecto puede necesitar un objeto; otro, un espacio; otro, un sistema completo. Y el estudio trabaja en consecuencia. Esa capacidad para navegar entre dimensiones se formó en un lugar específico: el taller de Frida Escobedo.
Antes de fundar su propio estudio, Carlos pasó tres años en la oficina de Escobedo, en un momento decisivo: la obtención del Serpentine Pavilion, los concursos internacionales, la intensidad del taller. “Fue muchísima escuela”, recuerda. “Empecé como arquitecto junior y terminé como jefe de taller. Estábamos resolviendo problemas muy complejos, con un nivel de precisión brutal”.
Esa ética del trabajo le mostró que la arquitectura toma tiempo. “Una mesa la haces en meses, la puedes mostrar, entender, volver a pensar… una casa tarda años. La de hacer mobiliario era una decisión estratégica, pero también una necesidad intelectual”.
El resultado: un estudio que nace desde el objeto, pero que rápidamente crece hacia espacios, restaurantes, bares, casas y proyectos de interiorismo.

En ese posicionamiento internacional, Design Week -y particularmente Design House- se han convertido en una suerte de laboratorio.
“Design House es muy divertido porque no tienes un cliente que te condicione. Puedes mostrar exactamente lo que te está interesando en ese momento” expresa Fernández.
Este 2025, su propuesta se inspiró en la casa de Pedro Ramírez Vázquez. “Para mí no hay casa más emblemática. Su manera de manejar escala y ritmo es impresionante”. El estudio diseñó un sistema de paneles flotantes sostenidos por postes de acero inoxidable que permitían montar y desmontar sin intervenir la arquitectura existente. Una estrategia que hoy reaparece como principio curatorial y que se reutilizará en la Semana del Arte 2026.
“El 90% de lo que se produce en Design House se desecha, dice. “Queríamos romper esa lógica. Nuestro sistema de lambrín flotante lo vamos a usar en exposiciones, en la galería, y estamos viendo si puede comercializarse. Hay que repensar la forma de hacer montajes”.

Penumbra es una galería de arte y diseño fundada en 2024 por Fernández y la arquitecta rusa Yulia Selivanova. La galería opera dentro de una casa porfiriana restaurada en Santa María la Ribera, sede también del estudio, que hoy funciona como hub creativo donde conviven arquitectos, diseñadores de iluminación, diseñadores gráficos y artistas.
Sobre el nombre, Carlos lo explica con una claridad casi poética:
“Yulia y yo somos opuestos en todo. Ella viene de un contexto, yo de otro. Masculino y femenino, luz y sombra… la penumbra es ese punto intermedio que en arquitectura es fundamental: revela y oculta. Es el lugar donde suceden las cosas.”
Penumbra invita cada año a entre 8 y 10 artistas y diseñadores a desarrollar una pieza bajo un mismo parámetro, un taburete de 45×45, por ejemplo; para luego exhibir cómo dialogan entre sí. Esa lectura colectiva permite observar tensiones, afinidades y discursos materiales en simultáneo.

Entre los proyectos que han marcado a la oficina, hay uno que funciona casi como mito fundacional: Kill Bill, un restaurante de sushi en un terreno angosto de proporciones casi insólitas. El reto era incrustar una barra para 14 comensales dentro de un espacio comprimido, sin sacrificar fluidez ni atmósfera.
“Fue uno de nuestros primeros restaurantes y le tengo muchísimo cariño. Teníamos que meter cocina, barra y baños en un lugar mínimo. La barra se volvió el corazón y a partir de ella resolvimos todo”.
Para 2026, la oficina se expande más allá de la Ciudad de México. Proyectos en Tijuana y Mérida permitirán observar cómo distintas culturas espaciales interpretan sus interiores y cómo varía la lógica del programa según costumbres locales.
“Es fascinante ver cómo cambia la vida del espacio según la ciudad. En un lugar la gente necesita más separación; en otro, junta las mesas. Son códigos culturales distintos, y eso es muy estimulante”.

Crédito material visual: Studio H. Fernández
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