Tlacolulokos y la incomodidad como forma de construir imagen Una lectura crítica sobre cómo se produce la imagen de Oaxaca desde la mirada de Itandehui Franco Ortiz, y qué ocurre cuando deja de ser estable. El cruce entre gráfica, espacio e interiorismo como campo de tensión más que de representación.

“¿Qué pasa con lo real no tan maravilloso?”, plantea Itandehui Franco Ortiz -licenciada en Etnohistoria por la ENAH y maestra en Historia del Arte por la UNAM- al revisar la construcción de una imagen idílica del continente.
La pregunta señala un recorte. Lo que queda fuera cuando una imagen se vuelve dominante. En Oaxaca, esa operación ha sido eficaz: lo reconocible se repite, y en esa repetición se estabiliza una forma de ver. Ese mismo mecanismo atraviesa los espacios.
En muchos interiores recientes: hoteles, restaurantes, casas; el mobiliario se organiza a partir de un repertorio identificable: maderas tropicales, vetas visibles, ensambles expuestos, piezas que remiten a una idea de oficio local. No es una limitación técnica. Es un acuerdo visual.
Tlacolulokos trabaja en otro registro. “¿Qué hay de lo real doloroso, lo real espantoso, lo real vergonzoso?”, insiste Itandehui Franco Ortiz. Las imágenes no corrigen esa omisión. La hacen visible. Un danzante incorpora referencias que no pertenecen a un mismo sistema: símbolos rituales, códigos migrantes, marcas de cultura urbana. Ninguno ordena la escena.
“¿Acaso en los encuentros y desencuentros culturales… una siempre tiene que ser receptora pasiva? ¿No acaso son ambas participantes activas?”, pregunta Itandehui Franco Ortiz.
No hay absorción unilateral. Hay apropiación, fricción, desplazamiento. “De la antropofagia a la codigofagia.” Itandehui Franco Ortiz Los códigos no se integran. Se alteran. “El canibalismo es mutuo. Más allá de la pura victimización, existen respuestas”, señala Itandehui Franco Ortiz.

En una de las piezas, un danzante aparece atravesado por símbolos de distintas colonizaciones. “Vemos una doble o triple colonización en dicha imagen”, explica Itandehui Franco Ortiz. La imagen no organiza. Sostiene capas.
En el espacio ocurre algo parecido, aunque con menor fricción. Muchos interiores operan sobre esa misma superposición: referencias locales dentro de programas globales, materiales tradicionales bajo lógicas contemporáneas. La tensión existe, pero suele suavizarse.
Cuando el trabajo del colectivo entra en arquitectura, esa suavización no aparece. En la Casa de la Ciudad, el muro deja de ser fondo. La gráfica en escala de grises, cercana al tatuaje, altera la lectura del interior. La cantera y el aplanado dejan de ser superficies estables. El espacio se densifica.

En la Casa de la Cultura Oaxaqueña, la obra no se separa del montaje. Pintura, objeto y gráfica organizan el recorrido. No hay distancia contemplativa clara, el espacio participa.
Mientras tanto, buena parte del diseño en Oaxaca sigue operando bajo traducción: lo local como lenguaje legible para otros contextos. Tlacolulokos no traduce. Señala lo que no termina de encajar.
“Códigos autocríticos… reconociendo sus actualizaciones, sus contaminaciones, sus imperfecciones y sus contradicciones”, describe Itandehui Franco Ortiz.
Ese reconocimiento aparece en pequeños desajustes del diseño: tipologías que no cierran del todo, combinaciones materiales que no buscan armonía completa, atmósferas que no se reducen a una sola referencia.
“Los códigos prístinos y cristalizados no existen, solo los alterados”, concluye Itandehui Franco Ortiz. La imagen de Oaxaca no se pierde cuando se altera. Se vuelve menos cómoda.

Crédito material visual: Colectivo Tlacolulokos
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