Alejandra Barba replantea el interiorismo como una práctica que traduce lo invisible: emociones, dinámicas y estructuras de cuidado. En un contexto donde el tiempo femenino sostiene tanto la economía como el espacio, su trabajo conecta industria y vida cotidiana. Una reflexión sobre diseñar desde la experiencia, no solo desde la forma.

Una advertencia recorre hoy la práctica del diseño, y rara vez se formula con suficiente claridad: no todo lo que se produce tiene sentido. Michel Rojkind la llama por su nombre.
La cultura se transforma en un casino donde lo simbólico se vuelve espectáculo, lo colectivo entretenimiento, y lo profundo una apuesta instantánea por atención.
Es una forma de diagnosticar la pérdida progresiva de lo que una vez le dio sentido a la producción cultural: el tiempo, la profundidad, la capacidad de generar significado más allá del impacto inmediato.
Diseñar, ya sea arquitectura, mobiliario o espacios se convierte en una toma de postura.

La idea de la “clasificación de la cultura” señala tanto el espectáculo evidente como la transformación más sutil: la sustitución del significado por la visibilidad.
“Cuando perdemos la fe en los propósitos comunes…todo se convierte en un juego. Pero no un juego sagrado, sino un juego vacío donde el valor no está en lo que se crea, sino en cuánto impacto causa”.
La cultura del me gusta, la velocidad de consumo, la imposibilidad de frenar. Rojkind no lo plantea como nostalgia, sino como un punto de quiebre. En ese desplazamiento, el diseño corre el riesgo de volverse una extensión más de esa lógica: producir para ser visto, no para ser habitado.
Pero ahí mismo nace la posibilidad de resistir. “Quizá el primer acto de resistencia sea reconocerlo”. Diseñar más allá de lo material. En ese escenario, la pregunta ya no es qué se diseña, sino para qué “¿Cuál es el objetivo de lo que están haciendo? ¿Es solo puro venta o realmente están peleando por hacer un cambio profundo?” La pregunta supone desmontar una de las inercias más arraigadas en la práctica contemporánea: la idea de que el diseño puede ser neutro. “Estamos reforzando nuestro compromiso no sólo con funcionalidad, sino con la creación de espacios que fortalezcan comunidades, cultura y conexión”.
Ese cambio de función a impacto redefine el alcance de la disciplina. El proyecto empieza a medirse por su capacidad de incidir en aquello que no siempre es visible: vínculos, pertenencia, memoria.

Otro término que Rojkind pone en crisis es el de sostenibilidad. No porque no tenga valor, sino porque ha sido vaciado de contenido. Habla de él como un concepto agotado, ya convertido en eslogan, incapaz de dar respuesta a la magnitud de los problemas actuales. Propone, en cambio, otro enfoque: el de la regeneración.
No se trata de disminuir el daño sino de transformar la relación. “Tenemos que dejar de pensar en extracción y pensar en reciprocidad”. La diferencia es abismal. Extraer implica un consumo de recursos; reciprocidad implica devolver, sostener, equilibrar. Si esto lo llevamos al diseño, cada proyecto no sólo ocupa un lugar, sino que tiene la responsabilidad de devolver algo al entorno que transforma.

Uno de los movimientos más interesantes de su discurso es el desplazamiento de la crítica a la idea de lo “social” como un campo separado. “Lo social está en todas partes… no tienes que irte al medio rural para hacer arquitectura social”. Esa frase destruye una comodidad muy habitual: la de pensar que el impacto social está sucediendo en otros territorios, en otros proyectos, en otras escalas.
Cada decisión ya sea material, programática o espacial tiene implicaciones que van más allá del objeto mismo. Así el diseño deja de ser una práctica especializada y se convierte en una forma de intervenir en las fracturas existentes: desigualdad, desconexión, aislamiento.
“Por más que intentemos hacer cosas hacia afuera, si no hay un trabajo interior, perdemos la relación con lo que estamos haciendo”. No es un descarrío espiritual, sino una precisión conceptual. Porque si el diseño es, al fin y al cabo, una manera de imaginar futuros posibles, la calidad de esa imaginación depende de cómo de claro tengamos el entendimiento de dónde estamos situados en el mundo.
“No hay que irse al bosque para reconectarnos, somos naturaleza”. La frase, que parece simple, desarma una distancia construida a lo largo de décadas: la separación entre lo humano y lo natural, entre lo construido y lo vivo.
Quizá el diagnóstico más inquietante no tenga que ver con el diseño, sino con el contexto en el que se produce. Vivimos en un ritmo vertiginoso en el que ni siquiera tenemos tiempo para reflexionar. Saturación de información, imposibilidad de distinguir verdad del ruido, fragilidad de la atención. Diseñar con profundidad se convierte en un acto contraintuitivo en este entorno. Y no obstante, necesario. Pues si algo sugiere la reflexión de Rojkind es que el problema no es la velocidad en sí, sino lo que se pierde en ella: la capacidad de pensar, de sentir, de construir significado.
La arquitectura, el mobiliario, el espacio, cualquier forma de producción, pueden seguir funcionando como superficie: imágenes, objetos, impacto. O pueden adoptar una responsabilidad distinta: volver a unir lo que se ha roto.

Crédito material visual: Michel Rojkind
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