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Cerámica oaxaqueña contemporánea: forma, superficie y uso
© Fotografía: Vicente Hernandez

Cerámica oaxaqueña contemporánea: forma, superficie y uso

Cerámica contemporánea en Oaxaca. El trabajo de Tierra Quemada de Vicente Hernández y La Chicharra, donde torno, esmalte y quema definen la diferencia.

POR Editorial
11 junio de 2026

En Oaxaca, la cerámica reciente no se articula desde nuevas tipologías sino desde ajustes cada vez más precisos sobre formas conocidas. Tazas, platos y cuencos siguen siendo el punto de partida, pero su resolución en forma, superficie y comportamiento, varía según el taller que las produce. Lo que se observa no es ruptura sino concentración: el trabajo se intensifica en momentos específicos del proceso, el torno, el esmalte, la quema, y es ahí donde cada pieza se diferencia.

Dos prácticas permiten seguir estas decisiones con claridad: la de Vicente Hernández en Tierra Quemada y la del equipo de La Chicharra. Parten de objetos similares pero los desarrollan desde lugares distintos.

El gesto que se repite y se afina

En Tierra Quemada, el trabajo se sostiene en el torno y en la repetición afinada de un repertorio utilitario. La taza con la que Vicente Hernández fue reconocido en la bienal del Museo Franz Mayer lo ilustra sin necesidad de explicación adicional: su forma no se impone, funciona. El borde mantiene un espesor que permite beber sin interrupciones, el cuerpo conserva masa suficiente para retener temperatura sin volverse pesado, el asa se integra sin alterar el equilibrio del conjunto. Son decisiones que solo se perciben en el uso, no en la contemplación.

Sobre esa base, la técnica de loza chorreada introduce variaciones que no se corrigen. El esmalte desciende, se concentra, se abre en ciertas zonas, dejando marcas que hacen visible el paso del material en estado líquido. Cada pieza conserva esas diferencias incluso dentro de una misma serie. Los colores, obtenidos de tierras de la Mixteca, se mantienen en un rango acotado: lo que refuerza la consistencia del conjunto no es la uniformidad sino la coherencia del proceso.

En platos y recipientes ocurre algo similar. La forma permanece estable, pero el espesor, el acabado del borde o la distribución del esmalte introducen matices que se perciben en el uso más que en la vista inmediata. Piezas que no buscan fijar una imagen sino sostenerse en la repetición diaria.

La superficie como campo de investigación

En La Chicharra, la operación se desplaza hacia la superficie. Las formas se mantienen deliberadamente contenidas: platos llanos, cuencos, vajillas pensadas para el servicio, porque no son ellas el objeto de exploración. Lo que cambia, y cambia de manera sustantiva, es el esmalte.

Su desarrollo ocurre dentro del taller a partir de un proceso prolongado que combina la búsqueda de materias primas: tierras, óxidos, cenizas con pruebas constantes de mezcla, aplicación y quema. Las recetas se registran, pero el resultado no se estabiliza por completo. En la misma línea de producción, un plato puede presentar un blanco con textura granular, otro una superficie más densa y oscura, otro más un color que se abre en pequeños puntos o variaciones de tono. La quema a alta temperatura, alrededor de los 1260 grados, define el comportamiento final, pero factores como la humedad o las condiciones del horno introducen diferencias que no se eliminan. La pieza sale con una superficie que no puede replicarse de forma exacta aunque el proceso se repita.

Estas vajillas están pensadas para la mesa. Su espesor, su resistencia y su baja porosidad responden a ese contexto. La forma no interfiere con lo que contiene; el esmalte introduce una capa de variación que se vuelve visible cuando varias piezas se colocan juntas, y más todavía cuando el uso las marca.

Lo que el uso termina

En ambos casos, la pieza no concluye en el taller. En Tierra Quemada, el contacto sostenido con la mano y el desgaste del esmalte en ciertas zonas modifican la percepción del objeto con el tiempo: la taza de uso diario no es la misma al año que el primer día. En La Chicharra, las diferencias entre lotes y las marcas acumuladas en la superficie hacen visibles las condiciones en que cada pieza fue producida. El objeto guarda su historia de uso sin ocultarla.

La cerámica contemporánea en Oaxaca no necesita ampliar su repertorio para producir diferencias. Trabaja sobre formas conocidas y desplaza la atención hacia momentos específicos del proceso. En un caso, el torno y el control del gesto; en el otro, el esmalte y la quema. Entre ambos, el objeto se mantiene reconocible pero no se repite de la misma manera.

Crédito material visual: Vicente Hernandez, La Chicharra

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