Luvina es un estudio que diseña desde el taller, no desde el plano. Fundado por dos arquitectos que aprendieron haciendo su trabajo parte del oficio, la intuición y la escucha del material. Con piezas honestas y procesos colaborativos, exploran una manera pausada y consciente de crear objetos que envejecen con dignidad y acompañan.

En Luvina nada parece estar completamente cerrado. Las piezas, las ideas y los procesos permanecen en un estado de ajuste continuo, como si el taller respirara al ritmo de la madera. Jorge Pacheco y Víctor Ventura lo fundaron en 2020, en un momento en que la pausa obligada de la pandemia abrió un espacio para hacer con las manos. Ambos arquitectos formados en la Casa Luis Barragán comenzaron fabricando sus propios muebles “por necesidad y por curiosidad”, recuerda Pacheco. Lo que empezó como un experimento doméstico se transformó en un estudio que hoy produce objetos precisos, contenidos y profundamente honestos.
“El aprendizaje fue literal: aprendimos lijando, cortando, ensamblando”, dice Ventura. “A veces los errores eran costosos, pero siempre nos enseñaban algo. No sabíamos cómo hacer uniones, ni qué herramientas necesitábamos. Fuimos resolviendo sobre la marcha.” Esa improvisación inicial, lejos de diluirse, se volvió un principio de trabajo. Luvina diseña desde la práctica, no desde la distancia del plano. “Nos interesa que el objeto nazca en el taller, no en la computadora. Dibujamos lo justo para empezar a trabajar, y dejamos que la materia diga hasta dónde se puede llegar.”
El nombre del estudio viene de Juan Rulfo. “Queríamos algo que tuviera esa textura: la sencillez, el silencio, la profundidad”, cuenta Pacheco. No querían firmar con apellidos, sino crear un espacio que pudiera alojar a otros. “Luvina no somos sólo nosotros. El carpintero, el aprendiz, el cliente: todos forman parte del proceso. A veces el que resuelve un detalle técnico no es el diseñador, sino el que lleva veinte años trabajando la madera.” Esa manera de entender la autoría, como algo poroso, compartido; impregna cada pieza.

El pino se convirtió en su material central, no por economía sino por ética. “Es un material que te obliga a aceptar sus defectos”, dice Ventura. “Nos recuerda que el valor está en el trabajo, no en el costo. Cada tabla torcida nos exige pensar distinto. Aprendes a escuchar al material, a adaptarte.” La madera local y sus imperfecciones se vuelven parte del lenguaje. Luvina busca lo contrario del acabado industrial: superficies donde se perciba el gesto de quien las trabajó.

Esa filosofía se materializa en piezas como Tule, una consola ligera que parece una viga suspendida. “No hubo plano. La construimos con lo que había, tratando de no desperdiciar nada”, recuerda Pacheco. “Queríamos que fuera fácil de transportar, sin tornillos, sin herrajes innecesarios. Que cualquiera pudiera ensamblarla.” El resultado es un objeto directo, que no esconde sus uniones ni disfraza su estructura.


Otro proyecto, menos visible pero más revelador, fue la máquina de lijado que diseñaron junto a Sobrino Mobiliario, carpinteros con tres décadas de oficio. “Nos interesaba diseñar una herramienta, no un mueble”, explica Ventura. “Ver cómo una máquina también puede tener belleza, cómo optimiza el trabajo sin romper la relación con la mano.” El gesto sintetiza su manera de pensar: el diseño no se mide sólo por el resultado formal, sino por su capacidad de mejorar un proceso, de volverlo más consciente.
Hoy el taller reúne a siete personas. Ninguno con formación formal en carpintería. “Esa falta de escuela nos da libertad”, dice Pacheco. “A veces no sabemos cómo se ‘debería’ hacer algo, y eso nos lleva a soluciones distintas. Inventamos nuestras herramientas, adaptamos piezas, mezclamos técnicas. Es un ensayo constante.” La falta de certezas se vuelve método.
En cada conversación con los fundadores aparece la idea del tiempo: el tiempo de aprender, de equivocarse, de pulir sin prisa. “Lo más caro que tenemos es el tiempo”, señala Ventura. “Podríamos trabajar más rápido, pero perderíamos el sentido de lo que hacemos. Nos interesa que las cosas duren, que envejezcan bien.” De ahí su insistencia en materiales nobles y estructuras sencillas, en muebles que puedan repararse en lugar de sustituirse.
Luvina trabaja con un tipo de humildad poco común en el diseño contemporáneo: la del que sabe que un mueble no se impone, se gana su lugar con el uso. Sus piezas no buscan protagonismo ni novedad; buscan continuidad. “Queremos que el mueble acompañe, no que grite”, dice Pacheco. “Si dentro de treinta años alguien sigue usando una mesa nuestra, eso vale más que cualquier premio.”

Más que un estudio, Luvina es una pedagogía del hacer. Un lugar donde la intuición se afina con cada corte y cada error, donde la técnica se aprende mirando al otro, y donde el diseño se entiende como conversación entre quienes lo producen y quienes lo habitan. La sofisticación está en la mirada, no en el gesto: un mueble que parece sencillo porque todo lo superfluo fue descartado.
Crédito material visual: Luvina Taller
Actualizamos nuestro aviso de privacidad, conócelo aquí