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Isabel Moncada: ingeniería poética y oficio compartido
© Fotografía: Anthem Agency

Isabel Moncada: ingeniería poética y oficio compartido

La escena ocurre en el corazón de Zapopan. En un estudio-taller donde el latón se suelda a mano, la porcelana se torna translúcida y los oficios olvidados recuperan su pulso, Isabel Moncada sostiene un huevo de porcelana tan delgado que deja pasar la luz.

POR Editorial
8 agosto de 2025

La escena ocurre en el corazón de Zapopan. En un estudio-taller donde el latón se suelda a mano, la porcelana se torna translúcida y los oficios olvidados recuperan su pulso, Isabel Moncada sostiene un huevo de porcelana tan delgado que deja pasar la luz. “La luna no es redonda”, dice, y con esa frase declara la poética que ha guiado sus tres décadas de trabajo: la geometría no se impone; se cuestiona. El brillo —como la forma— es un punto de partida para la interpretación, no un destino final.

“Mis piezas deben iluminar, sí, pero sobre todo detener al observador —provocarlo—. Esa necesidad de impresionar no es superficial: es una invitación a mirar de otra manera.”

Entre el arte y el voltaje

Moncada llegó al diseño por caminos oblicuos. Estudió Psicología en el ITESO —“siempre tuve inquietudes filosóficas”, comenta—. Desde niña le interesó el arte y fue aprendiz de artistas como Javier Campos Cabello, Marta Pacheco y Paul Nevin. Tras la maternidad, decidió acercarse a algo más práctico y encontró en la iluminación un cruce perfecto entre el arte y lo utilitario: “Creí que la función sería un límite; resultó ser un territorio infinito.” Modeló sus primeras piezas sola; luego llegaron hoteles, despachos y residencias que pedían luminarias únicas. La manufactura artesanal exigía disciplina técnica y allí descubrió su veta ingenieril: “La iluminación es el resultado de un largo camino entre distintas disciplinas: mecánica, eléctrica, física… y ahora hasta electrónica; encendió un lado que no conocía.”

Con su socio y esposo, Peter Glassford, y su hermana Elena, formó un equipo que hoy reúne a unas 34 personas —orfebres, torneros, soldadores, modelistas— y cuatro marcas complementarias: Isabel Moncada, enfocada en luminarias; Peter Glassford, con su línea de muebles y murales de collage en madera reciclada; Brutal Nature, una versión más seriada de los collages; y Cuata, una marca de objetos y joyería que trasciende el género.
 

Manos que resisten la extinción

El taller es un ecosistema donde la luz se fabrica a partir de oficios que resisten la extinción. “Aquí les damos vida y un sistema”, dice Isabel, consciente de que la supervivencia de la memoria técnica y el conocimiento sensible de los materiales no pueden depender solo de la inercia: “Eso también es muy importante, porque evita que los oficios se pierdan por falta de sistema y de registro.”

En el transcurso de casi tres décadas, Isabel ha recorrido talleres de alfarería, talabartería, vidrio soplado, forja y orfebrería, nutriendo su trabajo de saberes colectivos y transmitiendo su experiencia a nuevas generaciones. “Me la he pasado, a lo largo de estos años, buscando distintos talleres y nutriendo mis diseños del conocimiento de todas estas personas”, cuenta. 

Pero también ha sido testigo del deterioro y la fragilidad de estos legados: “Me encontraba con que en Tonalá las personas que me hacían las esferas de vidrio soplado un día cerraron el taller.” Por lo tanto, en su misión también se encuentra brindar un refugio a oficios amenazados, con una estructura que permite la formación interna y la preservación de técnicas como la orfebrería en latón, el modelado fino de metales y, más recientemente, la porcelana.

“Todas las personas que todavía quieren mantener ese lado creativo, delicado y de trabajo cuidadoso son bienvenidas aquí”, afirma Isabel, confirmando que la belleza de una pieza no reside sólo en su diseño, sino en la historia compartida de las manos y saberes que la hicieron posible.

La luna no es redonda

La pieza La luna no es redonda no nació para una línea comercial. Fue concebida como un gesto personal, una forma escultórica que se traduce en porcelana, luz y metal una visión del ser mujer. 

“Somos amorfas”, explica. “El molde cultural quiere que seamos esferas perfectas, pero la realidad de ser mujer es ovalada, irregular, poderosa y vulnerable al mismo tiempo”. 

Isabel habla de esta luna como una alegoría de identidad, fuerza y rebeldía. “Es como un huevo, que también hace alusión a la maternidad, a la fuerza en la fragilidad: un cascarón que es frágil y fuerte al mismo tiempo.” El volumen ovalado, translúcido, hecho en porcelana delgadísima, se posa sobre una estructura metálica que evoca un cinturón de castidad: “No necesariamente lo es, pero da una idea un poquito así, como este ser mujer en una época en donde debías permanecer contenida”

La pieza fue creada para la exposición Diseño en Femenino en el Museo Franz Mayer, comisariada por Ana Elena Mallet y Pilar Obeso. Su gestación implicó una colaboración inesperada y vital: Dolce Utopía, el taller de porcelana de Marcela Acosta —vecina y cómplice creativa— donde Isabel modeló, horneó y aprendió a domar un material que hasta entonces no había explorado. “Hicimos varios huevos... y se nos apachurraban en el horno, o quedaban muy gruesos. Nos costó sangre”, recuerda entre risas. “Pero me fascinó el trabajo con la porcelana. Ahora ya hacemos nuestras piezas de porcelana aquí en el  taller.”

La luna es una pieza autobiográfica, simbólica y técnica. Reúne la filosofía, la ingeniería, el arte y la intuición de quien ha hecho de la luz un medio expresivo y político. Se trata de ese  satélite que ilumina sin revelar del todo su misterio; artefacto contemplativo que sugiere sin decir: “Mis piezas dejan mucho a la interpretación. Algo que parece ser una cosa y no necesariamente lo es.”

Porcelana en clave contemporánea

Tras el hallazgo técnico de La luna no es redonda, la porcelana se integró al taller como un material estable: hornos, vidriados, pruebas de espesor, transparencias. El siguiente paso es una colección de piezas únicas en diálogo con artistas visuales y ceramistas. 

 “Quiero profundizar en mi colaboración con otros artistas para seguir explorando desde mi trabajo con la iluminación.”

La agenda 2026 incluye exposiciones con galerías itinerantes de Copenhague y residencias creativas que combinarán video, sonoridad y luz.

Una embajada creativa

El vínculo entre México y Texas no es casual, desde hace muchos años Isabel y Peter han buscado entretejer un proyecto único en San Antonio: un showroom-galería que más que exhibir productos, articula comunidad, conversación y cultura. 

“Es una antigua bodega junto a las vías del tren, una nave muy grande que antes se rentaba a artistas locales. Con el tiempo la transformamos en showroom y construimos una gran barra con cocina para organizar eventos”, explica Isabel. El objetivo es que sea un punto de encuentro. “Es un lugar para exposiciones, inauguraciones, conferencias, eventos culinarios… actividades que muestren la riqueza cultural de México.”

La génesis de este proyecto se remonta a Nave Coyote, un espacio pop-up que realizaron en 2019. “Fue un proyecto en el que hicimos una curaduría de diseñadores y artistas para exhibir y vender su obra. Además, fuimos por Michoacán y otros estados, recolectando artesanías poco típicas y objetos raros, que para nosotros representaban lo mejor de México”

Interrumpido por la pandemia, el proyecto lo fueron retomando. Hoy, el espacio está listo para abrir sus puertas y ofrecer algo más que diseño: un diálogo entre territorios, saberes y estéticas. “Nuestro propósito es unir a México con Texas, no solo comercialmente, sino culturalmente”, concluye Isabel.

 

Hecho para impresionar

A Isabel le interesa hacer piezas que hagan que el espectador se detenga, que observe de nuevo un espacio y se convierta en un observador activo y curioso. Piezas que ofrecen múltiples interpretaciones sin ser demasiado explícitas. En ese tipo de experimentación con materiales y formas encuentra una veta artística que ha guiado siempre su desarrollo creativo, esa fina línea entre el diseño y el arte. Por eso le interesa colaborar con personas cuyo trabajo, al igual que el suyo, transite entre ambos campos; creadores más cercanos a la exploración artística que al diseño meramente funcional.

Para Isabel Moncada, la belleza va más allá de que una pieza sea simplemente bonita: es su capacidad de sostenerse en el tiempo lo que la hace perdurar. Como ella misma explica: 

“Si la pieza va a detener la mirada, tiene que sostenerla. La belleza sin rigor se agota en segundos; la belleza con contenido permanece.”

En los últimos años, una frase se repite en las solicitudes que llegan a su estudio: “Queremos algo icónico que cause asombro en el lobby.” Moncada no rehúye el encargo; lo reformula: para ella, impresionar no es deslumbrar con fuegos artificiales, sino activar la curiosidad. Sus candiles monumentales proponen narrativas abiertas. A Isabel le interesa crear piezas que hagan que el espectador se detenga, observe de nuevo un espacio y se convierta en un observador activo y curioso. Son piezas que ofrecen múltiples interpretaciones sin ser demasiado explícitas. En esa experimentación con materiales y formas ha encontrado una veta artística que ha guiado siempre su desarrollo creativo, en esa fina línea entre el diseño y el arte. Esa ambigüedad calculada emparenta sus lámparas con la escultura contemporánea y explica por qué galerías de Los Ángeles, Ginebra y, más recientemente, una nueva sede en Portugal le han comisionado series de edición limitada.

En la voz de Isabel Moncada, “impresionar” no es un slogan vacío. Es una responsabilidad:

“Si la pieza va a detener la mirada, tiene que sostenerla. La belleza sin rigor se agota en segundos; la belleza con contenido permanece.”

Ese rigor cruza toda su práctica: de la porcelana translúcida al latón forjado, del rescate de oficios al emprendimiento internacional, de la psicología al diseño‑arte. A las puertas de Expo Mueble Internacional Verano 2025, La luna no es redonda se alza como metáfora perfecta del lema de este año: “Hecho para impresionar”. No por obedecer una forma predecible, sino por atreverse a desbordarla; por recordarnos que la luz —cuando está bien pensada— puede ser crítica, memoria y conversación al mismo tiempo.

Y mientras su taller crece hacia las cincuenta manos, Moncada afina su próxima colección de candiles‑constelación, objetos que iluminarán hoteles, museos y residencias con la misma premisa: que cada destello lleve consigo la historia de quienes lo hicieron posible y la invitación para quien lo observe a mirar de nuevo el mundo —esta vez, con asombro.

 

Crédito material visual: Anthem Agency

 

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