El arquitecto Juan Carlos Baumgartner explora cómo la neurociencia está transformando la forma de diseñar espacios. Su enfoque propone entender la arquitectura como un sistema que influye en emociones, memoria y comportamiento humano. Una mirada que replantea el diseño: no habitamos el espacio, también lo construimos desde el cerebro y el cuerpo.

Durante décadas, la arquitectura se enseñó principalmente como una disciplina centrada en la forma, la función o la tecnología. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un campo que cuestiona ese paradigma: la neurociencia aplicada al diseño.
En el marco de Expo Mueble Internacional Invierno 2026, el arquitecto Juan Carlos Baumgartner, director de SpAce propuso una lectura provocadora de esta relación: diseñar no solo espacios, sino comportamientos humanos. Su intervención puede entenderse como un caso de estudio sobre cómo traducir conocimiento científico en decisiones espaciales concretas.

Baumgartner explica su práctica a partir de una ecuación sencilla:
“Mi pasión es el diseño y mi obsesión es el comportamiento humano.”
Durante las últimas dos décadas su trabajo ha consistido precisamente en empalmar ambos campos. Ese interés surgió después de estudiar ciencias de la felicidad, tecnologías exponenciales y, más tarde, neurociencia aplicada al diseño.
Para él, el descubrimiento fue revelador: si el diseño se dirige a las personas, comprender cómo funciona el cerebro deja de ser una curiosidad académica y se convierte en una responsabilidad profesional.
“Si mi trabajo se trata de diseñar para seres humanos, estoy perdido si no le doy una ojeada por lo menos a esos 20 años de conocimiento que explican por qué hacemos lo que hacemos.”

Uno de los conceptos centrales que Baumgartner plantea es que la arquitectura tiene una influencia directa en la manera en que pensamos y actuamos.
“Los espacios no son neutros. Todo lo que construimos nos construye de regreso.”
Desde esta perspectiva, el entorno construido forma parte de un circuito de retroalimentación cultural. Una sociedad diseña espacios a partir de sus valores, y esos espacios terminan reforzando esos mismos valores.
Baumgartner describe este fenómeno como un loop: la arquitectura refleja la cultura, pero también la produce.
Esta idea desplaza la visión tradicional de la arquitectura como contenedor funcional. El espacio se convierte en una infraestructura que influye en conductas, hábitos e interacciones.

Otro concepto clave es el de cognición encarnada (embodied cognition).
Durante mucho tiempo se asumió que el pensamiento ocurría exclusivamente en el cerebro. Hoy sabemos que el cuerpo, y el entorno, forman parte del sistema cognitivo.
“Nuestro cerebro tiene una manera de mapear los límites de nuestro cuerpo. Pero cuando utilizas un objeto o estás en un espacio, ese mapa se extiende hacia la herramienta o hacia el espacio.”
Baumgartner utiliza el ejemplo de un violinista: cuando un músico domina su instrumento, deja de percibirlo como un objeto externo. El violín se convierte en una extensión del cuerpo.
La arquitectura puede producir algo similar.
“La arquitectura puede hackear el cerebro: se vuelve una extensión tuya y te da la posibilidad de imaginar futuros distintos.”
Esta idea ayuda a explicar por qué los espacios influyen no solo en lo que hacemos, sino también en lo que creemos posible.
Otro hallazgo importante de la neurociencia tiene que ver con la memoria.
Cuando recordamos una experiencia, el cerebro suele acceder primero al contexto espacial donde ocurrió.
“La arquitectura es la llave mágica de la memoria.”
El cerebro registra información a través de claves espaciales: distancias, formas, límites, texturas. Por esa razón, los lugares con identidad perceptual clara suelen recordarse mejor que los entornos genéricos.
Sin embargo, buena parte de la arquitectura contemporánea produce justamente lo contrario: espacios neutros y repetitivos.
Baumgartner propone replantear esa lógica.
“Dejemos de diseñar espacios genéricos. Démosles claves para que el cerebro conecte experiencia, cuerpo y espacio.”

La neurociencia también cuestiona la forma tradicional de entender las emociones. Durante mucho tiempo se pensó que las emociones eran respuestas directas a estímulos externos.
Hoy sabemos que en realidad se construyen a partir de señales corporales que el cerebro interpreta.
Esto significa que el entorno físico puede influir profundamente en la experiencia emocional.
“Hemos llenado el mundo de espacios que no consideran cómo el cuerpo empieza a construir la emoción.”
Para Baumgartner, el diseño emocional no depende de estilos o colores específicos. Depende de cómo el espacio afecta al cuerpo: la luz, la escala, la textura, la proximidad o el movimiento.
El cuerpo reacciona primero; la emoción se construye después.
La conclusión de Baumgartner es casi filosófica.El diseño no consiste únicamente en producir edificios o interiores. Consiste en intervenir en las condiciones que moldean nuestra percepción, nuestras decisiones y nuestras aspiraciones.
Por eso insiste en una idea que resume su aproximación al diseño:
“No habitamos espacio: somos espacio.”
Entender esa relación transforma por completo la manera de proyectar arquitectura. El objetivo deja de ser simplemente resolver funciones. El verdadero desafío es diseñar entornos capaces de activar experiencias, interacciones y nuevas posibilidades de futuro.
Y en ese sentido, la neurociencia sirve de herramienta para replantear la pregunta fundamental del diseño: cómo influyen los espacios en la forma en que vivimos.
Crédito material visual: SpAce
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