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La ciudad que queda
© Fotografía: NL.gob.mx

La ciudad que queda

El verdadero legado de un Mundial no se mide en estadísticas, sino en la ciudad que permanece cuando las celebraciones terminan. Explora cómo Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México buscan convertir las transformaciones temporales en beneficios duraderos para quienes las habitan.

POR Editorial
26 junio de 2026

Los grandes eventos suelen medirse en cifras. Número de visitantes, derrama económica, ocupación hotelera, audiencias globales o impacto mediático. Sin embargo, la verdadera evaluación de un Mundial comienza cuando los visitantes regresan a casa y la ciudad recupera su ritmo habitual.

La pregunta más importante no es cuántas personas llegaron, sino qué permanece cuando termina la celebración.

La historia reciente de los megaeventos ofrece lecciones contradictorias. Algunas ciudades han logrado transformar inversiones temporales en beneficios duraderos; otras han heredado infraestructura subutilizada, espacios abandonados o proyectos incapaces de responder a las necesidades cotidianas de la población. Entre ambos extremos existe una pregunta fundamental: ¿para quién se construye el legado?

En las ciudades mexicanas sede del Mundial de 2026, la respuesta no depende exclusivamente de nuevos edificios o grandes obras. En muchos casos, los cambios más relevantes podrían encontrarse en aspectos menos visibles: movilidad, espacio público, conectividad peatonal y calidad de la experiencia urbana.

Monterrey ofrece algunos ejemplos interesantes. Durante los últimos años, proyectos como Distrito Tec han demostrado que las transformaciones urbanas más significativas no siempre ocurren a través de grandes desarrollos inmobiliarios, sino mediante intervenciones capaces de mejorar la vida cotidiana de quienes habitan un barrio. La recuperación de calles, banquetas y espacios de convivencia ha contribuido a construir un modelo de regeneración cuyos beneficios pueden extenderse mucho más allá de cualquier evento internacional.

La discusión sobre corredores de sombra y adaptación climática apunta en una dirección similar. En una ciudad marcada por temperaturas extremas durante buena parte del año, mejorar las condiciones para caminar puede tener un impacto más duradero que cualquier infraestructura asociada exclusivamente al torneo. El verdadero legado no siempre es espectacular; a menudo consiste en hacer que la ciudad funcione mejor.

Guadalajara enfrenta un desafío distinto. El reconocimiento internacional de la Colonia Americana ha contribuido a consolidar una imagen atractiva de la ciudad, pero también ha reactivado debates sobre presión inmobiliaria, aumento de rentas y desplazamiento gradual de habitantes. El Mundial puede amplificar procesos que ya estaban en marcha. La pregunta no es únicamente cómo atraer visitantes, sino cómo garantizar que los beneficios de esa visibilidad se distribuyan de manera equilibrada. El Andador 20 de noviembre presenta un cielo tejido obra de 250 tejedoras que abarca 220 metros de largo conectado los Arcos de Zapopan con la Plaza de las Américas y la Basílica.  

En el Centro Histórico y en el entorno del Estadio Akron, las mejoras en infraestructura peatonal y conectividad representan una oportunidad para fortalecer áreas que continuarán siendo utilizadas por residentes mucho después del torneo. Como ocurre con cualquier intervención urbana, su éxito dependerá menos del evento que la originó y más de su capacidad para integrarse a la vida cotidiana.

La Ciudad de México aporta otra escala de análisis. Proyectos como el Bosque de Chapultepec han ampliado la discusión sobre espacio público, accesibilidad y conexión entre distintas zonas de la ciudad. Iniciativas como el parque elevado en Tlalpan exploran, desde otra perspectiva, cómo reutilizar infraestructura existente para generar nuevas formas de uso urbano. Mientras que la intervención de Jorge Rosano Gamboa en Metro Universidad expande la vinculación de este punto estratégico de movilidad para estudiantes con el legado arquitectónico y la memoria del campus central de la UNAM. 

Ninguna de estas intervenciones resolverá por sí sola los desafíos metropolitanos de las ciudades sede. Tampoco debería esperarse que lo hagan. El legado urbano rara vez aparece como una transformación inmediata y definitiva. Suele construirse de manera gradual, mediante decisiones que continúan produciendo beneficios años después de que las cámaras se han apagado.

Cuando concluya el Mundial, desaparecerán las pantallas gigantes, los festivales temporales y buena parte de la infraestructura asociada al evento. Lo que permanecerá será algo menos visible pero mucho más importante: la calidad de los espacios que las personas seguirán utilizando todos los días.

Esa es, en última instancia, la medida más exigente para cualquier ciudad anfitriona. No la imagen que proyecta durante unas semanas, sino la ciudad que deja para quienes permanecen en ella.

Crédito material visual: NL.gob.mx, Clara Brugada, Cielo Tejido AC

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