¿Qué pasa cuando diseñamos desde el cuerpo y no desde el espacio? Tania Quirarte propone una arquitectura que observa el movimiento, incluye distintas formas de habitar y pone las relaciones humanas en el centro.
Tania Quirarte llevaba años haciendo arquitectura cuando comenzó a hacerse una pregunta que terminó por cambiar su manera de trabajar. Su estudio tenía proyectos, clientes y publicaciones, pero algo no terminaba de convencerla: “Si voy a dedicar toda mi vida a diseñar para las personas, ¿por qué sé tan poco acerca de ellas?”.
La respuesta no la encontró mirando más arquitectura. La encontró en la danza, la música, la escenografía, las infancias y, sobre todo, en las distintas maneras en que un cuerpo puede experimentar un espacio. De ahí parte lo que hoy llama interiorismo relacional: diseñar pensando menos en el espacio como objeto y más en las relaciones que hará posibles.
¿Cómo puedes llevarlo a tu próximo proyecto? Quirarte propone empezar por algo muy sencillo: cambia el orden de las preguntas.

Normalmente visitas el terreno, hablas de presupuesto y empiezas a pensar en la planta. ¿Qué pasaría si antes pensaras en el cuerpo?
Quirarte llegó a esa pregunta trabajando con bailarines y coreógrafos. Fabiana Capriotti, bailarina argentina, le explicó que al bailar sus movimientos generan espacio, trayectorias, ritmos y pausas. “Es una arquitectura invisible”, recuerda Quirarte. “La danza es arquitectura dentro de la arquitectura”.
El descubrimiento terminó modificando el proceso de su estudio:“¿Qué va a pasar si cambiamos el orden? Y en vez de empezar a ver los proyectos del terreno [...] empezamos, como lo hace la danza, y ponemos como punto de partida al cuerpo”.
Hoy su equipo parte de dibujar recorridos. Imagina quién va a caminar por ahí, dónde hará una pausa, dónde coincidirá con otra persona. Superponen los movimientos de distintos habitantes y esa coreografía empieza a indicar dónde hace falta prestar atención, colocar un sofá o trabajar de otra manera la iluminación.
La danza le enseñó algo más. Una coreografía cambia dependiendo de quién la ejecuta. Una persona joven y una persona mayor no se mueven igual. ¿Por qué el espacio tendría que permanecer indiferente a esas distinciones?
“Si sabemos que vamos a envejecer, ¿por qué seguimos pensando y diseñando como si siempre fuéramos a ser jóvenes?”, pregunta Quirarte. El cuerpo envejece, cambia de peso, puede necesitar un bastón o una silla de ruedas. Una familia puede incorporar una carriola. Sin embargo, seguimos diseñando como si el habitante permaneciera idéntico durante toda su vida.

Quirarte pone un ejemplo que cualquier interiorista reconocerá. Imagina ese “sillón choncho, gordo, súper a gusto” que quedará espectacular cuando fotografíen el proyecto. Lo colocas, funciona en la composición y luce perfecto. Pero la persona que debería utilizarlo se siente pequeña dentro de él, está incómoda y termina por no sentarse nunca.
“¿Qué relaciones queremos hacer posibles aquí? ¿Qué vínculos? ¿Qué es lo que estamos buscando para propiciar que la gente conviva o no?”
Para entender la accesibilidad desde la experiencia, Quirarte llevó una de sus sesiones a la lucha libre. Invitó a Taira Banfi, arquitecta que comenzó la carrera caminando y, después de un accidente, continuó sus estudios utilizando una silla de ruedas. Quitaron las cuerdas del ring para que pudiera subir. El gesto era literal, pero también resumía lo que Quirarte pide hacer al diseñar: quitar los límites que impiden a otros ocupar un espacio.
“¿Por qué no empezar a diseñar espacios donde también todos entremos por la misma puerta?”, pregunta. Y cuando tienes un proyecto nuevo, con el lienzo en blanco, la pregunta resulta todavía más pertinente: “¿Cómo se te puede olvidar que a lo mejor estás dejando afuera a muchísimas personas?”.

¿Cómo sabes que un espacio es bello si no puedes verlo? Quirarte exploró esa pregunta en el Hospicio Cabañas. Arquitectos e interioristas recibieron una venda y un bastón para recorrer el edificio sin ver. Al llegar nuevamente bajo los murales de Orozco pudieron quitarse las vendas y descubrir algo más: las personas que los habían guiado durante el recorrido eran ciegas.
Uno de ellos, Oscar Mora, le había contado antes qué era para él un espacio bello. No eligió un gran edificio. Habló de una banca por la que pasa todos los días, donde puede sentarse y percibir el olor de un rosal, los árboles, el viento y el sonido de una fuente.
La experiencia llevó a Quirarte a otra pregunta: “¿Qué pasa si diseñamos con los ojos cerrados?”
Haz el ejercicio. ¿A qué suena tu proyecto? ¿Qué se toca? ¿Qué temperatura se siente? ¿Hay un aroma que pueda convertirse en memoria?

También puedes aprender mucho de un lugar simplemente utilizándolo de otra manera.
En el Hospicio Cabañas, Quirarte trabajó con el coreógrafo Diego Vega. Los asistentes no ocuparon sillas frente a los murales de Orozco: ocuparon el espacio con sus propios cuerpos y movimientos. La experiencia la llevó a una conclusión: si no hay personas, no hay danza. Y entonces lanzó otra pregunta: “¿Y la arquitectura sin personas, ustedes creen que sí existe?”.
En el Conjunto Santander, trabajó con el escenógrafo Jorge Ballina. Durante una charla, muros, techo, pantalla y telón comenzaron a moverse. En apenas un minuto el espacio cambió y el público descubrió que había estado sentado todo el tiempo sobre el escenario.
En el Estadio Akron hicieron algo todavía más sencillo: apagaron las luces.Sin la iluminación habitual del estadio, los participantes pudieron mirar las estrellas y percibir de otra manera la escala de su propio cuerpo frente a un espacio monumental.
Danza, lucha libre, ceguera, infancia, escenografía. Ninguna pertenece estrictamente a la arquitectura y justamente ahí está el punto.
“Realmente lo que enriquece a la arquitectura es todo aquello que no es arquitectura”.
Después de 13 años de buscar respuestas en otras disciplinas, Quirarte entendió que nunca había dejado de creer en la arquitectura. Lo que había cuestionado era la manera en que la estaba haciendo.
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Crédito material visual: Pensarq
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