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DISEÑAR CON LO QUE CRECE
© Fotografía: Vives Verde

DISEÑAR CON LO QUE CRECE

Vives Verde y el jardín como sistema espacial abierto. El proyecto del arquitecto Francisco Martínez, quien estuvo por casi veinte años al frente del Jardín Etnobotánico de Santo Domingo de Guzmán. El diseño vinculado a condiciones: microclima, reciclaje, vegetación y comunidad incluyendo uso como variables que producen espacio.

POR Editorial
19 mayo de 2026

Vives Verde y el jardín como sistema abierto

“Si no puedes dejar de consumir, recicla”, plantea Francisco Martínez, arquitecto por la UABJO que trabajó durante casi dos décadas en el Jardín Etnobotánico del exconvento de Santo Domingo antes de iniciar Vives Verde en Santa Cruz Xoxocotlán.

El proyecto no parte de una idea formal ni de una estética preconcebida. Parte de lo que existe: materiales descartados, objetos fuera de uso, restos que no encajan en otros sistemas productivos. “Nunca pensamos hacer escultura, era para venderlo como fierro viejo”, explica. El desplazamiento ocurre después. Una rueda de carreta, un asiento de motocicleta, un cayuco. Nada se transforma completamente. El cambio es de contexto. Lo que era residuo se convierte en parte de un sistema que lo sostiene y lo resignifica. Ese sistema no se organiza como composición.

“Aquí hay un microclima”, dice Francisco Martínez, al señalar un espacio donde el agua, la vegetación y la sombra operan en equilibrio. Esta es una condición operativa. El jardín no depende de riego constante ni de mantenimiento intensivo. “El jardín nunca se riega”, afirma, describiendo un sistema que se regula a partir de la captación de agua de lluvia y la adaptación de especies.

El diseño acompaña. En ese contexto, los objetos no están definidos por una tipología, sino por su uso dentro del entorno: superficies que permiten detenerse, estructuras que delimitan, elementos que organizan recorridos sin fijarlos. El espacio no se recorre como secuencia. Se descubre.

Interdisciplinariedad artística y decisiones estéticas

“Me gustan las esculturas”, comenta el arquitecto, pero la afirmación no apunta a una colección ni a una intención curatorial en sentido tradicional. Una de las piezas, regalada por el artista Sergio Hernández, se integra bajo esa misma lógica. “Habla de la luna, para mí habla del ave de la libertad… y le va muy bien al jardín”, dice sobre la obra que se incorpora sin imponerse como centro. 

El mismo criterio se extiende a decisiones constructivas. Frente a la necesidad de ocultar visuales no deseadas, el jardín no recurre a un muro opaco. Se utiliza carrizo. “Veíamos la ropa, las tuberías… entonces mejor le metimos algo orgánico”, explica. En lugar de eliminarlo que está fuera, se filtra armoniosamente. 

Ese tipo de decisiones produce una atmósfera que no puede separarse del sistema que la sostiene. A diferencia de muchos espacios en Oaxaca -donde la identidad se construye a partir de materiales reconocibles y composiciones controladas- aquí no hay una imagen que pueda fijarse. La experiencia depende de variables que cambian constantemente: crecimiento vegetal, humedad, luz, uso.

El jardín se ajusta. Esa condición es la que permite entender el proyecto en otra escala.

“Se ha convertido en un lugar educativo”, señala Francisco Martínez. No como programa añadido, sino como consecuencia del propio sistema. El espacio recibe estudiantes, visitantes, habitantes del municipio. Funciona como un punto de aprendizaje sobre agua, especies nativas, reciclaje y construcción ecológica.

Parada alternativa en la ruta de Monte Albán

Pero también como infraestructura territorial. Ubicado en Santa Cruz Xoxocotlán, el jardín se inserta en una ruta que suele pasar de largo: la que conecta la ciudad de Oaxaca con Monte Albán. Vives Verde introduce una parada. Un desvío. Una alternativa que redistribuye la experiencia del visitante y abre posibilidades para el entorno inmediato. No es pues un destino aislado sino un nodo. Esa condición lo vuelve replicable por su lógica  de trabajar con lo disponible, construir sistemas de bajo mantenimiento, activar procesos educativos desde el espacio.

El equilibrio de la polinización

El impacto ecológico es integral: “No es la miel lo importante, es todo el proceso de las abejas, la polinización”, explica la doctora Gema Amador al referirse a su colaboración dentro del jardín. Las abejas se integraron hace unos años para activar el sistema.  Su presencia modifica los ciclos de floración, intensifica la relación entre especies y refuerza el equilibrio del entorno. Introducen una variable que no puede controlarse, pero que resulta indispensable para entender el funcionamiento del espacio.

El jardín no se define por sus objetos, ni por su vegetación. Se define por las relaciones que sostiene. Y en ese sentido, más que un proyecto, Vives Verde funciona como una demostración: que el diseño puede operar fuera de la lógica de la forma terminada y producir, en su lugar, condiciones donde lo vivo, lo construido y lo social se ajustan continuamente.

Crédito material visual: Vives Verde

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