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Arquitectura y regulación emocional en tiempos de automatización
© Fotografía: AE GAYARANDA

Arquitectura y regulación emocional en tiempos de automatización

La arquitecta Ana Elena GayAranda plantea el espacio como un regulador emocional, donde el diseño influye directamente en cómo sentimos y habitamos. En un contexto dominado por la inteligencia artificial, su enfoque reivindica la dimensión humana del proceso creativo. Una reflexión sobre el verdadero impacto del diseño más allá de la estética.

POR Editorial
19 abril de 2026

Una idea recorre la práctica completa de Ana Elena GayAranda y obliga a replantear la mirada desde la que se entiende el diseño: el espacio no se percibe únicamente, se habita emocionalmente. “No se sabe si un espacio es bueno o malo, hablando en términos de diseño interior y arquitectónico”, dice, “la verdadera definición nace a través de lo que sientes cuando lo recorres, lo habitas, cuando lo ves.”.

Esa intuición, que podría parecer cercana al arte, se convierte en método en su trabajo. No se trata simplemente de crear atmósferas agradables, sino de comprender que cada decisión espacial tiene un impacto directo en cómo una persona se siente, actúa y permanece en un lugar. Por eso, su punto de partida no es la estética, en palabras suyas: “el diseño no es estético, es de conducta”.

El espacio como refugio

A lo largo de su carrera, desde hospitales hasta hoteles boutique, pasando por viviendas, estaciones de tren y planes urbanos, hay una constante que no cambia: la búsqueda de espacios que funcionan como reguladores emocionales.

“El verdadero lujo para mí es estar cómoda dentro de tu propio espacio”. La frase desplaza de inmediato la idea de lujo convencional. No son los acabados, ni la escala, ni la exclusividad, es el bienestar. Un bienestar que no es abstracto, sino profundamente somático. “El espacio es para mí un refugio emocional”.

En este sentido, una habitación de hospital, la sala de un albergue o el andén de una estación comparten una misma responsabilidad: no ser percibidos como amenaza, sino como un entorno que contiene, regula y acompaña.

“Pasar de espacios aspiracionales a espacios reguladores, reguladores de una emoción”. La arquitectura se convierte por tanto en un sistema activo que afecta al estado interno de las personas usuarias.

La interfaz del mobiliario

Ese enfoque se traduce en decisiones concretas. GayAranda no habla de conceptos abstractos, sino de herramientas específicas: luz, materialidad, proporción, mobiliario.

“El mobiliario es una interfaz que se interpone entre el cuerpo y el espacio” señala marcando un punto de encuentro directo donde el diseño se vuelve experiencia corporal. A partir de ahí, cada elemento forma parte de una coreografía sensorial.

“Busco un cálido minimalismo, donde cada pieza se vea por sí misma”, asegura. Los materiales -concreto, piedra, madera, metal- funcionan como moduladores de temperatura emocional. “Los materiales naturales te dan cierta calidez, puedes jugar con las emociones según las tonalidades.”

La intención no es rellenar el espacio, sino afinarlo.

Diseño como mensaje

GayAranda relata su trabajo en espacios de alta vulnerabilidad.“Tú diseñas para pasar un mensaje.” El ejemplo resulta claro. En el diseño de espacios para mujeres en situación de violencia, el recorrido mismo debía transformar la postura corporal de quien habita el recinto. Ellas llegaban derrotadas y el lugar buscaba conseguir que alzaran la cabeza”. Aquí el diseño se convierte en una intervención casi silenciosa pero profundamente efectiva: cambiar la forma en la que alguien se sitúa frente al mundo.

Esa misma lógica vale a cualquier escala: “Cualquier espacio puede ser un espacio de bienestar” afirma.

El auge de la inteligencia artificial

Sin embargo, ese enfoque se enfrenta hoy con un desafío nada menor. La inteligencia artificial no sólo está cambiando las herramientas, sino que está cambiando la forma de percibir el valor del diseño.

 “Estamos en un momento crítico… crítico de crisis. Lo que antes se necesitaban meses de análisis para hacerlo, hoy se puede hacer en días con una simulación. En diez días hacen un proceso que es de seis meses. El problema no es la herramienta en sí, sino el desplazamiento que ésta produce: la idea de que el diseño puede reducirse a una imagen”.

En este escenario, lo que se arriesga no es la producción sino el proceso ya que, según advierte, “estamos dejando de lado el arte de la creación”. Sin embargo, en vez de rechazar la tecnología, GayAranda propone una visión matizada: la inteligencia artificial debe ser vista como herramienta, no como sustitución.

“La inteligencia artificial requiere de humanización”. Si el diseño es esencialmente una práctica que influye en lo humano, entonces no puede separarse de la experiencia, la intuición y el tiempo que requiere dicha experiencia. El problema no está en la velocidad, ni en la eficiencia, sino en lo que se pierde cuando el diseño deja de sostenerse en una intención clara. No se trata de producir espacios, sino de entender qué producen.

Lo que deja ver el trabajo de GayAranda es que el diseño no comienza en la forma, ni termina en el objeto. Empieza, y se justifica, en lo que hace sentir.

Crédito material visual: AE GAYARANDA

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